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Educación y tontunas

"A MI hijo le dijeron tonto y lo empujaron". Este escueto resumen del crimen resonó en el cubículo en el que una aturdida profesora recibía a la madre del chaval objeto del mismo. Y lo hizo con timbre de queja, con tono de queja, con rostro de queja y con otras cosas que en estos casos se interpretan como recriminación y queja. Sonó como: "A ver a qué tipo de gandules está educando usted, que le llaman tonto a mi hijo y lo empujan". O tal vez primero le empujaron y luego le llamaron tonto, no sé si he recogido bien los datos del suceso que llegó a mis oídos a través de una compañera de la aturdida profesora que permitía que a uno de sus alumnos le llamasen tonto y luego lo empujaran, o lo empujaran y luego lo llamasen ‘tonto’.

Esta anécdota, real como la vida misma (o incluso más) refleja bien a las claras el mundo en el que vivimos. Ni por un segundo, a pesar de no haber hecho averiguaciones al respecto, se me pasa por la cabeza que la madre del niño vituperado y empujado no sea una señora normal como usted y como yo, que solo procura criar a sus vástagos de la mejor manera posible y sacarlos adelante en tiempos de Fortnite, Supervivientes y la ultraderecha taurófila y galopante. La tarea no es sencilla , nunca lo ha sido, y todos los recursos a nuestro alcance son pocos. Ahora bien, todos ellos han de estar presididos y gobernado por uno del que venimos equipados de serie: el sentido común. Me atrevo a afirmar que en el caso que hemos expuesto, reflejo solo de muchos otros que se producen a diario, se ha obviado totalmente el concurso del sentido común.

Lo cierto es que nadie nos enseña a hacer de padres. Aprendemos a golpes, como quien dice, echando mano del ejemplo recibido, la intuición, el entorno sociocultural, las lecturas de artículos o libros sobre el tema y nuestras características personales. Además, no existe un estándar homologado sino diversos modelos educativos, distintas formas de concebir la educación y de abordarla. Lo que tampoco existe es una actualización inmediata en nuestro sistema operativo que, en el mismo momento del parto, nos capacita para la principal tarea que tendremos que afrontar a partir de entonces. Nos las tendremos que apañar como buenamente sepamos y, insisto, en estos casos es importantísimo aplicar sobre todo el sentido común. Ese que te dice que si vas a montar un pollo cada vez que a tu nene le digan algo poco agradable o lo empujen, mejor te lo llevas a una isla desierta. No estamos hablando de la reiteración de conductas que acaban dibujando un cuadro de acoso ni nada por el estilo, sino de que no vamos a conseguir evitar que nuestros hijos conozcan las miserias del ser humano (ni tampoco que las pongan ellos en evidencia). Lo mejor que podemos hacer es capacitarlos para enfrentarse a todo tipo de situaciones desagradables e instruirlos para que no sean ellos los causantes de las mismas.

Por desgracia hoy es cada vez más frecuente un modelo parental en el que predomina la sobreprotección del hijo o hija. Este enfoque invade el espacio de independencia del menor y actúa de freno ante los descubrimientos que deben hacer por si mismos. La seguridad emocional consiste en el desarrollo de patrones de conducta que la persona puede emplear ante situaciones en las que no están presentes las figuras parentales y que les harán actuar con firmeza, sintiéndose tranquilos y satisfechos. Los críos con padres con problemas de sobreimplicación emocional y de sobreprotección muestran un comportamiento pasivo ante las tareas pues están acostumbrados a que se les den las cosas hechas. Acusan falta de iniciativa y escasas habilidades para resolver los problemas.

Volviendo al asunto del infante que fue insultado y empujado, costumbres que la chiquillada adquiere por el mero hecho de serlo, bueno sería que los papás y las mamás no se tomasen al pie de la letra aquella famosa frase que junto a Andreíta, cómete el pollo, dejó Belén Esteban como herencia cultural a este país que tanto la adora. Nos referimos, claro está, a eso de: "Yo por mi hija, mato".

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