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El efecto mariposa

A VECES la vida te empuja a tomar decisiones importantes. Tú quieres resistirte, incluso la miras de reojo y le dices: "Oiga, sin empujar", pero no te oye. Y tú tomas la decisión y la cagas, por supuesto.

Puede tratarse de la compra de un piso, de apuntarte a unas oposiciones o de sacarte un abono para la nueva temporada de teatro. O miles de cosas más que conviene meditar concienzudamente pero en las que de pronto te ves involucrado, como si hubieses llegado ahí por medio de un hechizo. Esto te puede suceder seas un ciudadano común o el presidente de una nación: le ocurrió a Cameron con el Brexit. De la noche a la mañana el Reino Unido estaba más desunido que nunca. Se apartaron de Europa por un puñado de votos y desde dentro surgieron vocecillas sugiriendo que todo había sido una broma, una especie de ensayo de lo salvajes que podrían llegar a ser si se lo proponían. Aunque de eso ya habían dejado constancia histórica suficiente. Dejen que me enrolle con los ingleses un poco más, es un asunto apasionante. David Cameron dimitió tras el resultado del referéndum, exactamente al contrario de lo que hubiese ocurrido en nuestro país. Le sucedió una señora que da un poco de miedito: porque parece tenerlo todo muy claro y porque recuerda a Margaret Thatcher. No es posible saber en qué exactamente nos la recuerda, pero lo hace, muy vivamente. Ha declarado que sus intereses fuera de la política son caminar y cocinar. No digan que no asusta. Alguien con gustos tan sencillos al frente de un pueblo como el inglés. Socorro.

El PSOE es otro ejemplo de importantes decisiones tomadas a la ligera. Ideas que salen adelante así, a la buena de Dios, y que luego son arrastradas por un torrente de arrepentimiento

El PSOE es otro ejemplo de importantes decisiones tomadas a la ligera. Ideas que salen adelante así, a la buena de Dios, y que luego son arrastradas por un torrente de arrepentimiento. Se ponen a jugar a la democracia (en lugar de pasar de ella directamente, como hacen otros) y así les va. Fíjense, por ejemplo, en la manía que tienen de elegir secretario general en primarias. Quieren dárselas de demócratas pero solo hasta que constatan que la militancia vota en contra de los designios de sus dirigentes. Les pasó con Borrell y luego con Sánchez. Con este dos veces. Es que aún no está nada claro que se lo vuelva a cargar: igual dejan que se lo crea durante un rato y luego se ponen las cosas otra vez en su sitio, colleja va, colleja viene. "Que va, es una locura, menudo ridículo sería, blablabla...". Señores, en este país, en política, el sentido del ridículo no existe. Ha sido hecho fosfatina hace mucho tiempo.

Lo que estamos intentando dejar sentado es que, grandes o pequeñas, las decisiones las carga el diablo. Por insignificante que pareza el asunto, una mala decisión puede arruinar nuestras vidas (siempre que aún quede algo que arruinar). Es el efecto mariposa, ya saben: "El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo" dice el proverbio chino. O sea, un acontecimiento ínfimo (dejar el perro en casa en lugar de sacarlo a pasear) puede ocasionar un fenómeno de enorme magnitud. Yo no creía mucho en el efecto mariposa. Era más de creer en el efecto invernadero pero porque todo el mundo parecía creer en él, no porque lo entendiese demasiado. Hasta que averigüe que el efecto mariposa pertenecía a la teoría del caos. Tampoco sé qué es, pero con ese nombre no creo que sea nada bueno. En todo caso, como ciudadano gallego y español, la teoría del caos seguro que es algo digno de ser tenido en cuenta y sin duda relacionado con nuestra forma de hacer las cosas o de no hacerlas.

El efecto mariposa
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