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El enigma del pipicán

SI EXISTE EN esta ciudad un asunto misterioso, un tema tabú, una cuestión que todo el mundo desea olvidar pero mantiene en la memoria, eso es todo lo concerniente al pipicán. ¿De cuál estamos hablando? Del que usted quiera. Cuando uno menta al pipicán, por la mente desfilan todos ellos. Es como Fuenteovejuna: un pipicán nunca está solo. Todas las teorías pasadas, presentes y futuras sobre el origen de este invento y todas las explicaciones sobre el estado mental de su inventor o inventores remiten a un punto de la evolución humana en el que confluyen la totalidad de los saberes, de la cultura y de la capacidad para explicarla. El pipicán es un desafío de tal magnitud que solo puede compararse con aquel monolito que aparecía al principio y al final de 2001, una odisea en el espacio del genial Kubrick, para intrigar al espectador e impedirle dormir a gusto durante un par de semanas.

Hace más tiempo del que somos capaces de reconocer, el gobierno municipal hizo desaparecer el pipicán de la plaza de Barcelos y el de la alameda. Sin testigos, sin dejar rastro, sin ruido ni dolor. De la noche a la mañana los perros de aquellas zonas se hallaron huérfanos de un lugar de alivio y la calidad de vida en Pontevedra capital se vio mermada drásticamente. Pero nadie se deshace de un pipicán impunemente. En la memoria colectiva, en el inconsciente de toda la comunidad, la pérdida supone un lastre que, para empezar, puede cifrarse en la pérdida de votos en la siguiente convocatoria electoral. Dos o tres, más o menos. Alguien, aunque sea anonimamente, se habrá erigido en portavoz de los chuchos y manifestado su desacuerdo votando a Falange, a Vox, a la Liga Comunista Revolucionaria (cito a voleo, claro).

Ningún ciudadano de bien, ningún ciudadano en general (incluyendo a los que se inclinan al mal por vicio, torpeza o aburrimiento) puede permanecer neutral ante el asunto pipicán. Es un concepto que desafía a lo mejor (y lo peor también) de la naturaleza humana. No existe la posibilidad de "safarse", que diría un marinense. El pipicán te interpela de una forma tan poderosa que tu vida ya no puede ser nunca la misma. Hay un antes y un después del pipicán. Es una prueba de madurez, un rito iniciático, un aleph de tercera división (o de regional preferente) pero borgiano y fundamental.

Uno podría pasarse tres pueblos, catorce horas y veinte artículos y aún así no terminaría de exprimir todo el jugo que el pipicán encierra (y no me hagan chistes escatológicos, que les veo venir).

Los turistas se callan, los perroflautas guardan silencio; las comparsas de carnaval llegadas de pueblos limítrofes para luchar por un premio, los foráneos que se suman a la feira franca, los atletas de lejanas tierras que compiten el el triatlón y acuatlón, el rey emérito de paso hacia Sanxenxo, Rajoy antes o después de encajar una labazada... todos ahogan una pregunta que pugna por salir al aire, unas sílabas que construyen un enunciado que les está desgarrando las entrañas: ¿qué ha pasado en Pontevedra con el pipicán?

Señores, ya está bien. Seamos serios. Dejemos de dar vueltas con lo de ENCE, con el PXOM, con los puestos de trabajo, con el Parque de Maquinaria, con la peatonalización... todo eso no es más que marear la perdiz, tácticas de distracción. El quid de la cuestión es el que es, y espero haber puesto mi granito de arena (nunca mejor traído) para que la cuestión pipicán vuelva a la actualidad, de donde jamás debió ser apartada.

El enigma del pipicán
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