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El hule de los furanchos

 

EL HULE de la mesa de un furancho, eso es cuanto necesito para ser feliz. Dicho así puede parecer una exageración, y lo es, pero es que uno es bastante exagerado en lo que atañe a los sentimientos.

Habrá que explicarse. En esto consiste escribir cierto tipo de cosas: en explicarse. También se puede argumentar, despotricar, insultar o disculparse, pero todas esas son formas de explicarse también.

Empiezas explicándole cosas a los demás y terminas comprendiéndote a ti mismo. Y eso no es una bagatela.

El furancho es un recinto efímero y rural en el que se desarrolla algo complicado de explicar de forma sucinta pero que tiene que ver con la vida de los pueblos y aldeas y con la vida en los pueblos y aldeas. Por tanto, aquellos urbanitas que son incapaces de aproximarse a esa realidad de otra manera que no sea una curiosidad y distancias cuasi-etnográficas, jamás disfrutarán de un furancho en toda la amplia magnitud del verbo. Esta maldición que acabo de formular no tiene por qué ser tomada al pie de la letra, aunque convendría no perderla de vista pues podría ayudar a comprender algunas cosas. En general, casi nada de lo que usted lea aquí ha de ser tomado al pie de la letra y, si así se hace, quede constancia del aviso.

Primera variable de la teoría del furancho o, de otro modo, de la tipología del furancheiro: ¿cómo accede usted al lugar?, ¿va usted en coche u otro vehículo a motor?, ¿se desplaza hasta allí en bicicleta o caminando? Estas variables pueden darnos algunas pistas. Quienes sufren algún desgaste físico durante el trayecto están en mejor disposición de apreciar en su cabal medida todas las maravillas que un furancho pone a su disposición. Suelen reducirse a cinco tipos de tapas frías y vino, agua o gaseosa por toda bebida; pero no es lo mismo eso cuando uno está cansado y hambriento y/o sediento que cuando aparca su vehículo, pleno de energías. Si cree usted que estoy insinuando que se debería ir caminando o en bicicleta a los furanchos, se equivoca. Lo afirmo claramente. Otra cosa sería contarles que el año en que visité más furanchos tras largas caminatas engordé varios kilos. Eso ya es cuestión de metabolismos y esas cosas.

Digno de comentario, una vez ingresados en el recinto, es la costumbre de saludar incluso a los desconocidos que reina en estos lugares, siguiendo las normas de educación del entorno donde se ubican. Es algo que en la ciudad no se hace, probablemente porque carece de sentido y, sobre todo, por aquella escena de Cocodrilo Dundee donde el paleto protagonista, recién llegado a Nueva York, se ponía a saludar a todo quisque mientras aguardaba ante un semáforo. La población urbana, en cambio, hemos desarrollado la tendencia a no saludar incluso a quienes conocemos, haciéndonos los locos por cien tipos de razones distintas que no tienen ningún predicamento entre las gentes del rural. Allí una cosa es odiar a muerte a alguien y otra muy distinta negarle el saludo.

El verdadero encanto de los auténticos furanchos radica en el aspecto casual y totalmente reñido con el diseño de los locales destinados a tal fin. Sean garajes, bodegas, galpones, alpendres o simples cubiertos, por todas partes la profusión de elementos de heterogénea procedencia anuncia la visceral verdad que empapa el sitio. Aquello es de sus dueños y para sus dueños y usted es un simple invitado por el que no van a hacer demasiados aspavientos para tres meses que lo visita al año. Es algo maravilloso. Nada que ver con la codicia de la hostelería urbana, deseosa de captar clientela con una planificada decoración que en muchos casos espanta más que atrae. Recuerdo ahora aquellos infames locales que empezaron a proliferar en los ochenta, entregados al plástico y el vidrio como epítomes de una modernez que devino en horterada. La cafetería-pecera y esas cosas.

La clientela de los furanchos es otro punto a favor: ocupado en su mayoría por lugareños, vecinos y sus familiares y amigos, está claro que todas esas personas están muy vivas. Hablan, ríen, cantan, como si lo estuvieran al menos. No están pendientes de quien entra o no, de si llevan puesta la ropa adecuada y no dejan los smartphones encima de la mesa. Y, no es baladí, suelen dejar propina. Encantado por el lugar y la compañía, es entonces cuando uno cruza las manos sobre la mesa y admira la textura del hule y, extasiado, se promete que escribirá algo sobre todo eso.

El hule de los furanchos
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