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El manubrio y la procrastinación

TENGO QUE optar entre arreglar el pomo de una puerta o escribir un texto para el Diario. Alguno pensará que he elegido lo primero y que ahora comparezco aquí para contarles el desastre. Les contaré la verdad: el pomo sigue estropeado, aprovechando que mi señora se haya ausente. Cosas como esta son las que ponen de verdad a prueba los matrimonios, la gente habla de que son los cuernos y otras menudencias, pero sólo porque nos encanta echarle literatura a la vida. No hay mucha literatura en los pomos de las puertas. Prefiero escribir “pomo” en lugar de “manubrio” porque “manubrio” me da un poco de cosa. Llámenme obseso, pero me suena lúbrico, el manubrio. “Maniobras con el manubrio” sería un bonito título para explicarles una chapuza doméstica, pero a mi me da que se iba a entender otra cosa.

Si usted tiene problemas con el manubrio (les demostraré que ustedes son también unos obsesos), tarde o temprano tendrá que ponerles remedio. No se puede vivir si el manubrio no está en condiciones y cumple su función con eficacia. Para entrar y salir es imprescindible un buen manubrio. El mío casi se me queda en la mano, supongo que por exceso de uso. En serio: sospecho que estaba mal atornillado. Pero sólo es una sospecha: uno entiende de manubrios lo justo y necesario.

Persuadido por las miradas asesinas y las indirectas de mi esposa, me dirigí a una ferretería con el manubrio en ristre. Les expliqué el desaguisado y me recomendaron unos tornillos de mayor grosor, que aboné en el acto. Lo puse todo en una bolsa que ahora descansa sobre una pila de libros y papeles, para dejar claro las prioridades. La miro de vez en cuando, entre culpable y atemorizado, mientras disfruto del elegante vicio de la procrastinación. La procrastinación es la forma pedante y de referirse a la postergación mientras se comen kikos.

Si existe algo gratificante en el hecho de posponer una tarea que de todas formas vas a tener que acometer, ese algo todavía está por descubrir, sopesar, enunciar y establecer como verdad. Mientras, habrá que decir que no lo hay. Y sin embargo, nos pasamos posponiendo tareas toda la vida, en mayor o menor medida. Hacer las cosas al momento llega a causar ansiedad, parkinson, anorexia y, sobre todo, rebeldía. Si usted quiere disfrutar de un entorno vital complaciente, rodéese de procrastinadores. Todo estará manga por hombro, vale, pero no padecerá estrés y además comenzará a apreciar estilos musicales como el reggae y la salsa.

Todas las afirmaciones de los párrafos precedentes pueden ser puestas en tela de juicio y harían bien en hacerlo así, pero no se apresuren. Todos nosotros, tarde o temprano, vamos a encontrarnos un día con el pomo de una puerta reclamando reparación, y ahí se pondrá en evidencia el tipo de persona que somos. Entonces sabrá, lector, si es usted un vulgar y acelerado cumplidor estricto de las convenciones sociales o si se esconde en usted el insobornable talento de un procrastinador. A no ser que tenga una pareja que le haga pasar del segundo estado al primero en un santiamén, que también puede ser, y se lo digo por experiencia.

En todo caso, ahora que el presente texto se encamina inexorablemente hacia su fin y en el horizonte surge de nuevo la prosaica figura del manubrio, no es uno quien tiene que dictaminar si ha valido la pena demorar su colocación en la puerta. Es evidente que sólo a usted, lector, compete ese veredicto.

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