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En brazos del sofá

LLEGAS. SIEMPRE llegas. No importa la hora, el momento es algo banal. Eso sí, la casa tiene que estar vacía. Una cosa es venir de ti mismo para zambullirte en la desidia y otra tropezar con las cosas que te han pasado en la vida y que tienen brazos y piernas y ojos, boca y nariz y a las que perteneces con ese abandono de la desesperación. No. El asunto es llegar y que no te esté esperando nadie más en el salón y si puede ser a oscuras pues mejor.

Tirarte boca arriba en el sofá puede ser un deporte, una vocación o simplemente una razón para vivir. Notar como pierdes peso conforme tu espalda se apoya en su superficie, experimentar ese crujido que exhala el armazón mientras unos resortes secretos hacen que su estructura abrace la tuya impidiéndote todo movimiento. Todo eso pone en armonía el universo, esparce una sensación de concordia que inmediatamente percibe tu nariz; aunque también es posible que se trate de otro brote de rinitis...

La vida desde la superficie de un sofá es una percepción longitudinal y estirada llena de positivismo y pereza, sobre todo de pereza. Tu visión se limita a la superficie del techo, que suele estar descuidada, pero es algo que en ese momento te importa un comino (y en el resto de momentos también). Fijas la vista allí pero enseguida cierras los ojos, impulsado por la imperiosa necesidad de no reparar en nada que pueda llevar a hace que pienses. Porque se trata precisamente de no pensar. No te has tirado en el sofá para ponerte a filosofar, es una postura antinatural para tal menester. Y, además, empiezas a olvidar qué rayos significaba menester. Solo quieres estar, y aún asi de una forma inconcreta, superficial y relajada. Estar sin más y solamente porque resulta imprescindible.

Mentalmente te recoges. Todas tus neuronas inician de modo natural una regresión a su infancia, cuando eran solo lo qué demonios sean las neuronas cuando están en formación. Que parece que tenga uno que saberlo todo solo porque se pone a escribirlo. ¡No soy una enciclopedia, señor mío!

Tan solo un despojo humano enamorado de los sofás. Ya me he cabreado yo solo. Aquí lo dejo. El enojo y los sofás son incompatibles, es de primero de sentido común.

Vale. Un poco más. Pero solo porque me he tirado un rato en el sofá del salón y las cosas han vuelto a teñirse de azul cielo y la vida me ha dado un morreo que aún estoy flotando. Subestimamos las propiedades curativas del sofá igual que solemos ensuciarlo con el calzado, son dos caras de la misma moneda. Las cosa que me han pasado en la vida y que citaba al comienzo, suelen echarme en cara que tengo cierta tendencia a ensuciar el sofá con mi calzado. No comprenden la imperiosa necesidad de disfrutar de mi legítimo deseo de tumbarme sin cortapisas. Las cortapisas no tienen nada que hacer ante un sofá. Yo veo un sofá y unas cortapisas y no dudo ni un segundo. Pero a la gente le parece mal. Me lo pasan por la cara como si fuese un ser desalmado, cuando mi alma tiene una solidez pasmosa para ser un alma. Un alma que rejuvenece cuando me tiro en el sofá y cierro los ojos despreciando la visión del techo y me fundo con la forma del sofá y me retiro del mundo a pesar de que en ese momento me parece que el mundo está bien hecho, como le parecía a Jorge Guillén cuando escribió aquel poema. Seguro que lo hizo tumbado en un sofá.

En brazos del sofá
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