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En Pasarón, de vez en cuando

A VECES la felicidad es algo tan simple como un balón que entra en una portería. Lo aprendemos desde pequeños, cuando la vida es tan sencilla como un partidillo de fútbol, o incluso más.

Me gusta ver el fútbol en el campo por todo lo que le rodea y que no es fútbol. Esa sensación de inminencia, de que algo puede estallar alrededor, sean lágrimas o confeti. Sin embargo, no consigo participar de los cánticos: sería como corear la banda sonora desde la butaca del cine. En el estadio siempre tengo un pie afuera, soy un espectador que ejerce como tal y con frecuencia me causa perplejidad la carga eléctrica que flota en el aire. Los gritos feroces de mis vecinos de asiento consiguen llevarme al paroxismo y si no paso de ahí es porque sé que no lograría asesinarlos con mis propias manos. Me pongo de pie y aplaudo, recordando mis lejanos años de juventud, aprendiendo mimo y pantomima.

Como pipas de girasol de un modo premeditado y metódico; mientras en el campo se trenzan pases de gol yo ingreso vitamina E en mi organismo siguiendo un ritual de gestos precisos y sencillos. He llegado a celebrar algún gol con un mordisco certero en esa microdosis de fósforo y magnesio.

Cuando me entra la sed me interno en el vientre del estadio a buscar algo de beber. Pasear por la barriga de ese ser que acoge un partido de fútbol mientras todo el mundo se agita sobre su piel, ávidos del espasmo de un gol, es una sensación digna de saborear con un trago de cerveza.

A veces, detrás de un partido vienen otros y se sale del campo como una pandilla de presocráticos que solo piensan en qué van a cenar esa noche. Pero de vez en cuando el partido es el final de una serie. La ocasión es tan única que todo el mundo tiene la ansiedad en la punta de los labios y se saluda camino de su asiento como si no fuese a verse más. El corazón te sale por la boca cada minuto porque sabes que es un minuto menos de un día para la historia. Si no hubiese un tiempo de descanso, esos días habría que ponerlo.

En los encuentros decisivos, esos envites a susto o muerte, que suelen acabar en susto, no hay nada como un tanto de los tuyos. Un gol es un relámpago que hace que estalle todo, que apresura la vida al contrario que los accidentes, que la ralentizan. De pronto los estímulos se producen en aluvión y es imposible procesarlo de uno en uno. De pronto estás de pie y los de tu equipo han formado una montaña humana en el césped y hay gritos por todas partes y las gradas colindantes tiemblan como en un orgasmo descomunal.

Después la gente invade el campo, pese a las advertencias o precisamente debido a ellas. Se trata de pisar el césped donde se ha vencido, de lograr una mínima comunión que se ha ganado sufriendo en la grada. La gente deambula de un lado a otro con la ebriedad de los sobrios, ahítos de victoria, un poco sin creérselo aún.

Después desfilan hacia sus vidas con el alma recogida, aunque algunos no son capaces de apagar los rescoldos y les nacen gritos como llamaradas y desean seguir celebrándolo aunque para ello tengan que doparse un poco. Cuando llega la felicidad, que a veces tanto se demora, es natural demorarse en disfrutarla.

En Pasarón, de vez en cuando
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