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Episodios navideños

EL PRIMER episodio navideño que reseñaremos acontece en cualquiera de los ágapes que caracterizan a estas fiestas, hoy llamadas “solsticio de invierno” debido al furibundo laicismo y sus furibundas iniciativas. En dichos convites es habitual la presencia del marisco que se consume con pose de estar habituado a hacerlo a diario, como si formase parte de la dieta común de nuestra cocina casera. Se pelan las gambas, langostinos, cigalas, etc con una displicencia propia de un comensal hastiado de tales manjares pero hay un detalle que finalmente nos delata. Y los constituye la inmisericorde succión de las cabezas del marisco. Esa reveladora maniobra de aprovechamiento culinario se ve contestada por la de alguien, siempre hay alguno en cada mesa, que deja las cabezas sin tocar. Seres sospechosos. Entes ignorantes o soberbios, que dejan el plato de cadáveres sin rematar. Nunca, jamás, debemos fiarnos de un convidado que no chupa las cabezas del marisco; es un acto contra natura, una ofensa a la gastronomía entendida como un arte que merece ser llevado a las ultimas consecuencias.

Otro episodio, singular también, igualmente extendido, lo definen aquellos hombres y mujeres que emplean la expresión “"oh, my God”" en las comidas navideñas. Sí, admitámoslo, todos lo hemos sufrido más de una vez. Bien sea con entonación admirativa o, por el contrario, para expresar desdén o fastidio. Alguien con el que tal vez charlabas en gallego o en castellano, en perfecto gallego y casi perfecto castellano, o viceversa; o tal vez en gallego o castellano mediocres, no hay porque especificar, lo de menos es el nivel de competencia lingüística. Y de pronto te lo suelta, “"oh my God”", tal vez contestando a una frase tuya. Te lo quedas mirando con la cabeza de la cigala, un suponer, a medio camino de tu boca y solo se te ocurre una cosa que hacer: terminar de llevarla hacia allí. Pero el golpe queda ahí. El anglicismo, la anglofobia, la tontería en ciernes o ya bien cocinada. Y a quien, acertadamente, argumente que esta expresión no es privativa de esta época navideña, se le contesta que nadie ha pedido su opinión y ya está.


Sería interesante retomar la idea original y componer un villancico pontevedrés sobre los lombos


Luego tenemos el asunto de los amigos invisibles. Todo empieza con un sorteo en el que se te adjudica una víctima para hacerla objeto de un obsequio por un importe previamente pactado. Nadie debe saber quién ha comprado cada regalo, aunque lo extraño es que al final quede alguien que no lo sepa. Es la vida misma, hecha regalo navideño. Se te caen las pestañas devanándote los sesos para acertar con el regalo, o sea, un destrozo de dos direcciones. Puedes sondear en el entorno de tu víctima pero sin dar pistas que revelen que lo estás haciendo porque quieres acertar con el obsequio, lo cual es muy complicado. Al final terminas por preguntarle directamente, pero como si te lo hubiese encargado otro. Se produce un juego de informaciones y sugerencias cruzadas, insinuaciones veladas, comentarios al paso, indicaciones, pistas, pautas, consejos que te dejan agotado y deseando coger al sujeto o sujeta por la pechera para espetarle: ¿qué carallo quieres?, lo cual sería improcedente y agresivo. No es extraño que los participantes en episodios de amigos invisibles terminen como enemigos acérrimos.

Por último, despotriquemos sobre los villancicos. Surgieron en el siglo XV como un formato de canción popular a varias voces y reciben su nombre de los habitantes de las villas, sus divulgadores.

Españoles y portugueses los exportaron a Sudamérica, donde también son conocidos. La temática, variada y local, se fue desplazando hacia temas religiosos. Sería interesante retomar la idea original y componer un villancico pontevedrés sobre los lombos. Ya me doy yo mismo de collejas, no se preocupe. Felices fiestas.

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