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Es la vida

A mi padre

in memoriam

A veces la vida saca los dientes y te da un mordisco que te deja temblando e intentando recordar alguna noción de costura, y dónde tienes aguja e hilo para reparar el daño. O al menos dejar de sangrar y tirar para adelante. Cuando la agresión se produce por sorpresa, suele haber un shock traumático y sales del trance como un dibujo animado, con el rabo chamuscado y un aura de dolorosas estrellitas. En la mayoría, por suerte, lo que ocurre es el resultado de un proceso que llega a su fin y del que lo único que ignorabas era precisamente el momento fatal. Lo curioso del caso es que también entonces sales del trance como un dibujo animado, con el rabo chamuscado y un aura de dolorosas estrellitas. Nada importa que hubieras vivido en tu mente la dentellada, anticipando el grosor de los colmillos, el momento en que te rasgan la piel, avanzando para triturar tejidos, tendones y músculos. Allí estás con tu cara de bobo contemplando la amputación de un miembro, la brecha en una mano o en un pie, el boquete en el estómago...

Dicen que vivir es aprender a asumir el paso del tiempo. Dicen tantas cosas. Dicen que si crees en Dios es como si te hubiesen abducido y tus amigos los marcianos te librasen de las dentelladas con sus emplastos intergalácticos. Uno es creyente, gracias a Dios, y sabe que mientras tengamos el cuerpo hecho de carne y agua, las dentelladas van a doler como está mandado en los libros del dolor que rigen en este mundo loco.

La vida, ese ser puñetero que amamos con desesperación, ni se inmuta. Prosigue despacio aunque para nosotros se mueve demasiado deprisa. Cocina a fuego lento nuestras ilusiones, las transforma en sus fogones de sucesos, casualidades, encuentros, despedidas, desgracias y venturas. Cada día nos da de comer algún trozo de esperanza, como el azúcar que se le echa a las mascotas cuando han logrado ejecutar una gracieta y que sirve para incentivar su repetición y el aprendizaje de futuras gracietas. Bueno, esto es un poco pesimista. En realidad nosotros somos más racionales que todo eso y no hacemos las cosas rutinariamente y por una recompensa puntual. Mejor no sigo por aquí tampoco.

Estábamos hablando de la vida, que es lo mejor que se puede hacer cuando te visita la muerte y se lleva a un ser querido. Te sientes aliviado de que no has sido tú y a la vez culpable por albergar ese sentimiento. No importa que aguardes otro estado mejor, una realidad transformada, sin violencia ni sudor. Estábamos hablando de que hay que seguir adelante, los ingleses lo comparan a un espectáculo que debe continuar. Una representación. El teatro del mundo. La vida es una barca. Calderón de... .Nos ponemos filosóficos con los mordiscos de la vida, y no te cuento si nos coge delante de un vaso de vino. Tienen que existir pruebas de que la mayoría de las teorías filosóficas se gesteron en tabernas. De hecho Descartes, Spinoza, Leibniz, tienen pinta de bebedores. Nietzsche no, Nietzsche tenía pinta de morsa, por mucho que diga Ringo que él es la morsa. Nietzsche tenía pinta de ir a cargarse a Dios de un momento a otro.

Luego está el momento final del día, cuando te vacías los bolsillos y dejas la calderilla encima de la mesa. No tiene por qué ser la calderilla material que se cuenta en monedas; puede ser la sentimental, para hacerlo en afectos y desafectos. En decepciones y deseos. Es entonces el momento del recuento y de la declaración de intenciones. Y de la renovación de los votos. Si vas a seguir tendiendo una mano al que tengas por delante y, de ser así, si lo harás para empujarlo a los charcos o para ayudarle a evitarlos. Quiero pensar que la mayoría aún nos inclinamos por lo segundo.

Es la vida
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