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Escribir mientras caminas

CADA PERSONA es un escritor en potencia. Por suerte no todo el mundo lo sabe y pocos terminan probando pero, en principio, a todos se nos ocurren cosas. Fundamental: que se te ocurran cosas que decir. Luego ya veremos si valen la pena. A veces se te ocurre escribirlas entrecortadamente. Parando a cada rato en un punto. Son manías. En otras ocasiones lo que se quiere decir, insisto, sea trascendente o no (que casi nunca lo es) quiere salir vestido de frase larga, de prolongada sucesión de claúsulas que empiezan a serpentear por el texto y lo convierten en un terrario de ofidios sintácticos donde las oraciones se arrastran con su viscosa verbosidad y se le pegan a uno en los ojos. Más manías. En todo caso, se trata de acotar ideas que se gestan en alguna parte del cerebro (dicen que tienen las zonas localizadas pero somos legión los escépticos), para lo cual la destreza lingüística del sujeto será fundamental. Puedes concebir los pensamientos más originales o chisposos del mundo que si no los dispones de una forma lógica, ordenada y si puede ser amena, estás condenado al fracaso.

Pocas cosas existen tan deprimentes en el mundo y tan apropiadas para poner el orgullo humano en su sitio como intentar escribir un texto que tenías en la cabeza y terminar engendrando una morralla de frases

En no pocas ocasiones lo que hace la gente es escribir las cosas en su cabeza. Normalmente este fenómeno ocurre mientras se realizan acciones monótonas, por sencillas, como caminar o conducir; sobre todo en automóvil, bicicleta, patinete (si es que se conducen esas cosas) y máquinas similares. La mente se deja en modo descanso y ella solita empieza a destilar pensamientos. Cogemos uno, que no tiene por qué ser especialmente afortunado, y empezamos a colocarle al lado frases amigas, que lo acompañen y lo conduzcan a alguna parte. Al poco estamos escribiendo un poema, un artículo, el principio de una novela o un correo electrónico que teníamos pendiente. En estos casos solemos entusiarmarnos con la propia capacidad de escribir sin lápiz ni papel, entusiasmo que no hace sino reflejar nuestra propia necedad, porque eso es algo que cualquiera puede hacer. Lo que ya no puede hacer cualquiera es recordar lo que ha ido escribiendo en su cabeza hasta que tiene la ocasión de atraparlo en frases escritas. Por ello no es infrecuente la aparición de un leve cuadro de ansiedad que lleva al iluminado a repetir compulsivamente los principales textos que se le han ocurrido con la esperanza de que no se le olviden cuando tengo a mano con qué y en qué anotarlos. Esto es angustioso si estás conduciendo en autopista y tienes treinta kilómetros hasta la siguiente área de servicio. Ya que normalmente se te olvidas de que el móvil que llevas encima tiene una función de grabación de voz, pedazo de burro.

Pocas cosas existen tan deprimentes en el mundo y tan apropiadas para poner el orgullo humano en su sitio como intentar escribir un texto que tenías en la cabeza y terminar engendrando una morralla de frases. Descubrir que aquellas maravillosas metáforas, aquellos certeros adjetivos y verbos demoledores se transmutaron en frases raquíticas de alumno de primaria (repetidor). Sea por un agujero negro neuronal o simplemente porque no eran tan buenas como cuando se te ocurrían.

Hay gente que va por la vida, y por la calle, con una libretita y un boli para anotar las genialidades que se le ocurren. Son los genios. Su punto más alto de genialidad lo alcanzan cuando están comprando la libretita. Miran al dependiente con una sonrisilla de complicidad mientras este piensa qué mosca le habrá picado. Emborronar libretas con tus pensamientos es tan presuntuoso que todos hemos caído en ello en alguna ocasión. Porque, insisto, todos somos escritores en potencia aunque solo algunos lo convierten en penitencia.

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