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Esforzados y pasotas

«TAN SOLO hay tres grupos de personas: los que hacen que las cosas pasen, los que miran las cosas que pasan y los que preguntan qué pasó”. Nicholas Murray Butler.

La frase precedente es citada en numerosas ocasiones. La gente que lo hace, sin decirlo claramente, quieren darnos a entender que pertenecen al primer grupo. Ante sus ojos, ahí es donde toda persona de provecho debe estar: haciendo que las cosas pasen. No se refieren a trabajar en los puntos de control de los aeropuertos, esos lugares donde te pueden abrir la maleta y exhibir tus miserias ante doscientas personas, donde te pueden practicar tocamientos solo porque lleves una chincheta olvidada en un bolsillo, donde unas tijeras escolares de punta roma te pueden hacer perder un vuelo a Roma si no te deshaces de ellas con diligencia. No. La gente que se apunta a la pesada y cargante actividad de hacer que las cosas pasen son seres humanos encantados de haberse conocido. El día que se presentaron a si mismos, se enamoraron perdidamente de su yo, tuvieron un par de citas, formalizaron un compromiso y ahora tienen una vida sexual monógama con su propio ego.

Cuando mencionan la cita del comienzo, suelen hacerlo con voz engolada, que no sé exactamente qué es, pero suena muy mal. La dejan caer como si dejaran caer un yunque, con una contudencia que quiere subrayar su compromiso con toda la humanidad y los parientes políticos de esta aunque todo se trata, desde el principio (y lamento la insistencia) de un narcisismo de talla XXL.

Pero vamos a ver, almas miopes e irresponsables: ¿es que no tenéis ojos para ver y oídos para oír? Dirigidlos a cuanto os rodea y veréis qué de prisa os desmarcáis de cualquier responsabilidad por haber hecho que las cosas estén como están. ¿A que viene esa obsesión por convertiros en un ActionMan sin los que la tierra giraría con unos segundos de retraso?

Uno es más de mirar las cosas que pasan, y no demasiado, no vaya a ser que lo llamen los que están haciendo que las cosas pasen, que son mucho de pedir ayudantes para sus desastres organizados. Pasar por la vida de espectador no tiene nada de malo. Igual tampoco de bueno. Es un humilde empate. La constatación de que por un lado ya sabes y por otro qué quieres que te diga. Ojo, no estoy hablando del pasotismo. El pasotismo, que estuvo de moda un par de veranos hace ya mucho tiempo, se caracterizaba por una chulería soterrada que hacía de la inacción una especie de orgullo para vagos. Los pasotas no querían jugar el partido pero parecía que lo arbitraban.

En los ochenta estuvo de moda el pasotismo político. La gente enrrollada pasaba de esto y de aquello, pero sobre todo de política. Se trataba de una relectura del hippismo y la actitud contracultural de los setenta, que encontraba un exitoso vehículo de propagación en la escena musical de la época: la actitud de Loquillo (el pasota macarra), Bunbury y sus Héroes (el pasota profundo), Mecano (el pasotismo pijo), La Unión (el pasotismo licantrópo), etc.

No estamos aludiendo a ese pasotismo. No aludimos a nada, la verdad sea dicha. No sé qué pinta aquí el verbo aludir ni la segunda persona del plural. Afirmo que no tiene nada de malo pasar por la vida sin hacer ruido, sin hacer que las cosas hagan ruido, y hasta dejando algunas cosas sin hacer. Creerse imprescindible es una patología como otra cualquiera. La gente que se esfuerza hace muy bien, pero la que se esfuerza demasiado se estropea pronto y lo suele estropear casi todo. Para empezar, suelen exigirles a los demás su mismo grado de implicación en conseguir que las cosas no se vayan al carajo, cuando lo que tiene que irse hacia ahí, lo hará tarde o temprano.

Guardo en la memoria, como un ejemplo de escepticismo y sabiduría, la respuesta de Rogelio, futbolista del Betis Balompie a su entrenador húngaro cuando este le exigía mayor energía y movimiento. El de Coria del Río, poseedor de una zurda de exquisito golpeo, entendía que era el balón lo que tenía apuro mover y le espetó “Mister, yo no corro, que correr es de cobardes”.

Esforzados y pasotas
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