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Futuro de pastillero

DE MAYOR voy a ser pastillero, como todo el mundo. Cuando lo comento en mi círculo de amigos, que en realidad es un triángulo y a veces ni eso, suelo recibir miradas de desaprobación, como si lo dicho no tuviese gracia. No se dicen estas cosas para resultar gracioso, sino para ir haciéndose a la idea. De hecho, estoy considerando la opción de comenzar ahora mismo. Siempre tengo que llevar encima un antihistamínico, en plan amuleto muchas veces, pero en ocasiones me ha librado de los típicos estornudos en cadena que parece que te quieres suicidar golpeándote la cabeza contra algo. E ibuprofeno. Ahora tiro mucho de ibuprofeno por culpa de una lumbociática que me ha diagnosticado Google. Un comprimido lo guardas en cualquier lado, pero dos ya empieza a ser cuestión de buscarles amparo, por lo que me estoy planteando la compra de un pastillero, adelantándome así a un futuro que se acerca a pasos agigantados.

Por no mencionar esos maravillosos envases que te permiten almacenar todo un arsenal de pastillas ordenándolas por días y tomas y que vienen siendo como jugar a las casitas con los comprimidos para ir comiéndolos poco a poco. Eso sí, no los puedes llevar contigo sino que debes guardarlos en un cajón o alacena

Hay una época de la vida en la que el futuro es una figura literaria, un poltergeist que te anuncian con rostro serio y palabras circunspectas para que modifiques tu conducta, que será cualquier cosa menos algo que vas a dejar secuestrar por una noción incomprensible como la de futuro. Luego hay otra fase en la que el futuro está siempre acechando, eres capaz de atisbarlo en cualquier encuentro, en cualquier fiesta, en un recodo del verano. Después viene una etapa en la que el futuro, como la mona, se viste de seda y comienza a hacerte monerías y promesas, a ofrecerte cheques en blanco con tal de que trabajes duro, te sacrifiques, madures, te responsabilices, etc, etc, cuestiones que la mayoría de las veces no sabes qué significan exactamente pero que acabas adivinando fijándote mucho y sobre todo negando tus instintos, que lo que quieren es que emprendas la huida. Y por fin está el momento de la vida en que el futuro es ya, o ya ha pasado y no te has enterado y resulta que era un gran timo. Un momento en el que ya nadie te habla del futuro salvo para exhibir tendencias sádicas o hacer una broma macabra.

El futuro de pastillero no es una alternativa tan mala, si consideramos las demás opciones, es decir la otra opción. Mientras el pastillero tenga una tapa bonita y el parkinson te respete para poder extraer las grageas sin que acaben por el suelo, mientras recuerdes qué comprimido debes ingerir y en qué momento del día, se puede despachar el envite sin demasiado bochorno. Por no mencionar esos maravillosos envases que te permiten almacenar todo un arsenal de pastillas ordenándolas por días y tomas y que vienen siendo como jugar a las casitas con los comprimidos para ir comiéndolos poco a poco. Eso sí, no los puedes llevar contigo sino que debes guardarlos en un cajón o alacena, de donde los rescatarás para una ingesta ordenada y secuenciada según las indicaciones de los facultativos.

La vida de pastillero no parece, así vista aún de lejos pero cada vez más de cerca, un horizonte demasiado tenebroso. Y luego está ese porcentaje de población a la que el asunto le traerá recuerdos de momentos de éxtasis en una discoteca o establecimiento semejante, en medio de unos brincos espectaculares ejecutados al compás de la música electrónica, siempre con un botellín de agua en la mano. Esta gente seguro que se tragará las grageas con nostalgia.

Futuro de pastillero
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