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Gordos de septiembre

ESTE ARTÍCULO, si lo fuese, pretende erigirse en homenaje a todos los que han tenido la desgracia de descubrir, al llegar Septiembre, que han engordado. Puede que lo hayamos averiguado antes, pero en todo caso el verano tiene la virtud de hacer olvidar todo tipo de sinsabores.

"Ya es septiembre (y estás gordo)". Es el titular de una columna que apunta directamente hacia mi persona. Acabo de leerlo en la web de un periódico de renombre (el titular, el texto no lo he leído, ni pienso). Lo que haré es demandarles. No se puede estar surfeando en seco, salir de una entrada sobre la reaparición televisada de Aramís Fuster, y toparse con esa agresión personal. Adónde hemos llegado que en las cabeceras de prensa online acechan tan poco sutiles ataques al grueso de la población (no digan que lo del grueso no ha venido al pelo).

Los gordos, vocacionales o forzosos, tenemos derecho al cariño, igual que cualquier otra tribu urbana, grupo social o banda filarmónica. Y además voy a empezar a ponerle remedio: voy a volver a las caminatas.

Un días de estos, el más inesperado, volveré a pisar las calles nuevamente con lo que fue mi figura ya aumentada. Solo o en compa- ñía de otros, castigaré mi cuerpo con dureza hasta conseguir que la lengua se salga de su lugar sin intervención de impulso nervioso alguno. Tras horas de esfuerzo, me desplomaré sobre lo primero que encuentre procurando que no sea un ser vivo.

Solía salir a caminar en compa- ñía de otro amigo, también gordo a ratos, en los meses previos al verano. No, no era una operación bikini porque jamás hemos vestido mi amigo o yo bikini alguno. Era simplemente lanzarse al monte, en plan salvaje, impelidos por la horrorosa sensación de que el calor del verano nos haría reventar de seguir (engordando) así. No contábamos con la fuerza del destino, a la que con razón cantaron los Mecano para desgracia de todos sus detractores (los de Mecano, no los del destino). Porque ¿qué sino el destino fue quien dispuso que apareciesen furanchos abiertos por donquiera que fuésemos a caminar mi amigo y yo? ¿qué, sino el destino, nos llevó a terminar las caminatas saboreando vino y viandas caseras? Oh míseros, oh infelices. Finalmente nos plantamos en la canícula con una silueta que era un monumento a la curva.

¿Y que decir del verano y sus cuchipandas? Y sus cervecitas, y salir de copas, y entrar en barrena. De jóvenes nuestros cuerpos decoraban los arenales, ahora parecemos cetáceos varados en la arena.

Pero no es necesario que nadie nos lo recuerde, rayos. Los seres humanos somos bichería insaciable e inexplicable. Lo de ganar kilos es cuestión de tiempo, simplemente.

Albergamos una bomba de relojería llamada metabolismo que llegado cierto tiempo de uso se pone a funcionar por su cuenta. Se dedica a programarse para regresar continuamente a la máxima cantidad de kilos que puedes tolerar sin desmayarte. Aunque hagas dieta. Aprovechará cada microcaloría para fundar un imperio de grasa. Cuenta con la ayuda de los negocios montados en torno al proceso para adquirirla, previa incitación al consumo de todo tipo de bombas calóricas en formas só- lida y líquida. Luego está otro tipo de comercio, que aprovecha los sentimientos de culpa de quienes han ganado kilos. Por un lado te han provocado para que engordes como un becerro y por otro te flagelan exhibiendo el peso y cuerpo ideales para que te entregues a sacrificios sin cuento en pos de algo que no recobrarás jamás.

Y uno ya empieza a dudar, pensando si será mejor quedarse así hasta el año que viene. Es que si no, después que abran los furanchos, vuelta a empezar.

Gordos de septiembre
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