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Hacerse mayor

TE HACES definitivamente mayor la primera vez que te pones gafas para ver de cerca. Concretamente, la primera vez que te ves en el espejo con las gafas de cerca. Sueltas el libro en un pasaje especialmente propicio para dejarlo enfriando mientras te vas al baño, y te vas al baño. Esto refleja lo predecible de tu existencia. Ves a ese tipo en el espejo, observándote estupefacto por encima de las antiparras. "Ese no puedo ser yo". Y no lo eres, porque ya eres otro: el que alza los ojos por encima de los cristales, como asomándose a contemplar la vejez venidera, es tu nuevo yo, el que eras antes ha fenecido mientras recorrías el pasillo. Presbicia es el nombre técnico, para dotar de una fría aura científica a tal miseria.

Haces lo que sea que hayas ido a hacer al baño y, aún en estado de shock, regresas al libro como quien vuelve a la patria. Y ya no lo sueltas hasta que te vence el sueño, refugiándote entre sus páginas del día de mañana y, sobre todo, del de pasado mañana. De vez en cuando apartas la vista de las líneas y lo resumes con una sola palabra, que retienes entre los labios: "Joder".

Lo peor de hacerte mayor, con diferencia, es que se te caen los pelos de las piernas. "El vello de las piernas" pondría alguien más sofisticado, el nombre técnico para dotar de una fría aura científica a tal miseria. De pronto se te ponen piernas de ciclista, de los del final del pelotón, de los que pelean para llegar antes de que le cierren el control de carrera.

Hay cosas en la vida difíciles de aceptar, como la música de Pitingo y la muerte, pero quedarte sin pelos en las piernas es lo peor con mucha diferencia. Conozco alguno que ha ido al médico a pedir explicaciones, más que a preguntar. Regresó cagándose en la testosterona, aún ignorando que estaba increpando a una hormona. Por suerte existen e-bay y Milanuncios para darle salida a los pantalones cortos del verano pasado, en un intento por ocultar todo rastro de que estás a medio paso de la tumba.

La caída del vello de las extremidades está relacionada con el ochenta por ciento de las depresiones del varón maduro. Y del inmaduro. No son cifras fiables, salvo que se fíen de mi. Y ni así. En todo caso, este es un problema que tiende a ser ocultado debido a la ignominia inherente a la que es arrastrado quien lo padece, pero aquí no estamos por ocultar la realidad sino por destruirla, empeño casi imposible.

Otro grave problema de la edad madura es la humillante y repentina intolerancia alcohólica. Hay autores que lo sitúan incluso por encima del problema del vello. De un día para otro tomarte una docena de cervezas se convierte en un escollo para mantener una existencia normal. Empiezan a surgir reacciones tan inauditas como adversas y la gente que te rodea te mira como si fueses un borracho. Un señor mayor borracho, para ser más exactos. No puede ser, te dices. Las has ido contando, por lo menos hasta la sexta y tu cuerpo ha comenzado a dar señales de rechazo mucho antes de lo habitual. Vale, hacía mucho que no salías hasta tan tarde, las crías aún eran muy pequeñas, pero es evidente que se trata de un flagrante caso de estafa. Descubrir a estas alturas que la cerveza en pequeñas dosis también emborracha.

Existen mil y un ejemplos más que podrían citarse para describir los horrores de hacerse mayor, pero creo que ya han tenido bastante por hoy. En todo caso, todos ellos se pueden superar con la actitud correcta. Ahí les dejo ese misterio.

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