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Incidencias

VAMOS A comentar algunas incidencias, aunque haya que inventarlas. Nos pirramos por las incidencias. Pirrarse es un verbo pijo pero es que también nos van las pijotadas, vean si no el mercado de telefonía móvil. Vivimos tiempos de avidez absoluta de novedades, de acontecimientos que nos sacudan las neuronas anquilosadas de tanto no hacer nada con ellas. Queremos salir de la envidiable rutina que envuelve nuestras vidas y que solemos despreciar. Nos hallamos rodeados de estímulos por todas partes, la mayoría de ellos desplegados para quitarnos el dinero a cambio de objetos, algunos de ellos totémicos, de los que podemos prescindir absolutamente. Y nos hemos acostumbrado al cambio, a la variación. Nos chifla. Chiflar es también vocablo pijo, hoy es uno de esos días. Somos unos chiflados que persiguen la utopía de la felicidad por las autopistas del consumo, la pitanza que sustenta nuestra civilización. Lo que ocurre es que la felicidad pilota un fórmula 1 y nosotros vamos en patinete (y algunos deben algún plazo del patinete). Nos gusta, sin embargo, pensar que nos movemos vertiginosamente en pos de un objetivo que la mayoría solemos situar en torno a la edad de jubilación. Concretamente, el mismo día de nuestra jubilación. Por desgracia, los poderes públicos se dedican a desplazar esa fecha, que se va situando cada vez más lejos en el tiempo. 

Lo que sucede, tristes de nosotros, es que llegado el día nos van a dar un vale a cambio del patinete y a partir de ahí a caminar en pos de la felicidad. Luego tendremos dos tareas: alcanzar andando al fórmula 1 y averiguar para qué rayos sirve el vale ese. Todo esto es una metáfora, sí, y deprimente, claro, pero uno ya está cansado de que le vendan motos que luego no arrancan.

Estábamos con las incidencias. Las hay positivas y negativas. Les juro que las hay positivas. Luego las que, según para quién, son mejores o peores, como los resultados de las elecciones. Salvo cuando un pueblo elige presidente a alguien como Trump: ahí lo que primaba era el acontecimiento, el vértigo, la vorágine. Como Hillary era un poco mustia y no ofrecía diversiones, se optó por vivir cada día al borde del colapso. Es donde se acaba en una sociedad adicta al espectáculo. En Pontevedra, Lores da espectáculo con el tema de los lombos: en lo demás resulta previsible, hasta insiste en subvencionar de tapadillo las corridas de toros, pero de los lombos no se baja. Los de Marea dan espectáculo en temas menores: el dragado del río, el club Naval, la reforma de la plaza de la Castaña. La gente del PSOE vive en un sinvivir pendientes de gestoras y de los pasos del caballero Abel, que resuenan cada vez más fuerte. El grupo local del PP parece anestesiado al ver su rol de oposición en manos de otras fuerzas más determinadas a ejercerlo. La concejala de Ciudadanos hace lo que puede por no aburrirse. O sea, muchas incidencias no es que existan tampoco, y casi mejor así. Pero cuando menos se espera, salta la liebre. Esta imagen tomada de una cacería o de una montería (que debe ser una cacería en el monte, digo yo) nos habla de un súbito instante de excitación y de la puesta en marcha de las acciones pertinentes para asesinar a un animal indefenso. Voy poner un ejemplo, que decimos por aquí: el pasado viernes fue el Black Friday, el penúltimo anzuelo para pescar besugos. Amazon me ofreció una crema de ojos antiarrugas por solo 13 euros. Pestañeé ante la pantalla hasta que se me quedaron los ojos hechos una pasa (¡qué bien pensado lo tienen todo!). Quieren que confundamos las ofertas con las incidencias.

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