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Inventemos España

ESPAÑA NO existe. Nunca ha existido y probablemente nunca existirá. Es tan solo un vestido mal confeccionado cuyas frágiles costuras dejan en evidencia los tirones de los siglos. Una especie de traje nuevo del emperador. Lo que llamamos así aparece en la historia con una presencia que suscita una contraposición entre la Iberia (denominación preferida de los griegos) y la Hispania con que los romanos designaban a la Península Ibérica. Para liarlo más, resulta que Hispania es un término de origen fenicio, con uso documentado desde el segundo milenio a.C. Esta teoría del origen fenicio del término es la que tiene más seguidores, pero la discordia empieza ya con la etimología. Siguiendo la tesis apuntada, la raíz de la palabra fenicia vendría a significar tierra de conejos, lo cual concuerda con la gran abundancia de estos animales en nuestro territorio en épocas pretéritas. Esto también puede explicar nuestra proverbial carencia de autoestima: el pueblo de los conejos. Vienen a la cabeza Bugs Bunny, Tambor, Roger Rabbit... Otras teorías señalan la raíz I-span-ya (tierra de metales). Los griegos designaron las tierras de la península como Ophioússa o tierra de serpientes. Esto ya explicaría algunas cosas. Tras los romanos y los visigodos llegaron los árabes y llamaron a este invento Al-Andalus. Nombre bien bonito. Estuvieron aquí entre el siglo VIII y el XV. O sea, que tenemos unas raíces árabes bien grandes. Raíces y puntas. Ni poniéndonos mechas podemos disimular nuestra herencia árabe, pero para inventar España se ha procedido a desvincularnos de ella, como si solo estuviesen por aquí de copas un fin de semana.

Después Isabel y Fernando hicieron de las suyas y expulsaron a judíos y musulmanes. Ah, pero fundaron la Santa Inquisición, eso sí. Ahí comenzó nuestra leyenda como pueblo de inteligencia fuera de lo normal, estratosférica. Para verlo claro: es como si se te aparece un gran negocio por delante (tras el descubrimiento de América) y despides a los contables que tienes en nómina (los judíos).

Después soportamos a Austrias y Borbones, tuvimos que echar a los franceses, etc, etc; siempre sin tener del todo claro qué queríamos ser, aparte de una amalgama de gentes, lenguas y culturas. Despertemos: España está formada por un conjunto de pueblos que no quieren formar parte de ella. La mayoría de sus integrantes desean ser cualquier otra cosa menos España: otra nación, un estado confederado, una república... el nombre España está tan cargado de matices que camina por la historia encorvado, como un pedigüeño que mendiga cariño en lugar de monedas, pero termina el día tirado en un banco y cubierto con cartones. En pocos lugares tienen los ciudadanos a su país sumido en la indigencia moral como nosotros. No han ayudado los años de la dictadura franquista y su relato de España y de lo español; tampoco la cataplasma de la transición, con su obsesión de que no se abriesen más las heridas (aunque se enquistasen otras tantas). Ahora tenemos a dos partidos anclados en 1978, el PP y lo que antes era el PSOE, compartiendo una imagen burocrática y obsoleta del territorio y del modelo de Estado.

El geógrafo griego Estrabón (siglo I) comparó a Iberia con una piel de buey por una manía que tenía de asimilar una forma a cada región que describía. Más recientemente se le ha denominado un país de Sagitario, por la Constitución del 6 de Diciembre. Una tercera denominación, por ofrecer otra línea argumental, podría ser La casa de Tócame Roque. Ahí queda.

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