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La belleza está en el interior

LA FRASE del título remite a un conocido aforismo que lo deja dicho todo. Aunque para algunos puede que no diga absolutamente nada y para otros puede incluso que resulte mentira. Analicemos el asunto. La primera vez que oímos esta frase, si no andamos un poco listos, podemos llegar a pensar en una miss que se ha adentrado en una cueva. Nada más lejos. Es una frase en la que la palabra interior hace referencia al alma humana, a la forma de ser de cada uno o a las cualidades del carácter, si queremos explicarlo así. Hasta aquí, habló Perogrullo.

Para quienes concuerden con la expresión, el verdadero valor de una persona no radica en su atractivo físico sino en sus cualidades. Es la típica frase a la que nos agarramos algunos como a clavo ardiendo para dedicar media vida a su defensa y divulgación, especialmente en la época en que nuestra meta es el apareamiento, o como se diga. Otra cosa es que realmente nuestro interior sea bello, presunción que se hace con franca alegría en la mayor parte de los casos. Pero cuando se constata la ausencia de la belleza externa, más vale en principio proclamar que lo fetén está adentro, sea esto cierto o no. Estamos hablando de estándares medios: hay ocasiones en los que exterior ofrece semejante aspecto que aunque el interior reluzca como el zafiro no va a tener la cosa remedio.

Para quienes concuerden con la expresión, el verdadero valor de una persona no radica en su atractivo físico sino en sus cualidades

Después está aquel sector de la población para el que resulta absurdo sostener que lo que importa es la forma de ser de las personas, bien sea por su falta de fe en el género humano o por hallarse dotados de un envoltorio de los que despiertan admiración (y envidia). Es muy fácil despreciar el interior cuando tu hermosura se abre camino por donde tú pasas. A estas personas les espera un futuro de madrasta de Blancanieves, todo el día con el espejito a vueltas. Agunos puede que acaben admirándose en las aguas de una fuente para luego caer y ahogarse en ella, como Narciso. Los guapos y guapas deberían pagar un impuesto extra por los espejos, puesto que les sacan más aprovechamiento. Rodolfo Valentino, el primer sex symbol del cine mundial, fue un joven mimado, mal estudiante, manirroto y problemático. Ligó mucho pero estuvo en la cárcel. Murió a los 31 años por culpa de una úlcera estomacal mal diagnosticada. A menudo lo que ocurre es que los agraciados con la belleza se obsesionan y se entregan a ella, sabiendo que tienen un pasaporte para circular por el carril más ancho de la autovía y olvidándose de cultivar su interior (el suyo, no el de la autovía, que es metafórica). En cambio los menos agraciados, o desgraciados si lo quieren así, no tenemos más remedio que adecentar nuestro interior para poder ofrecer ahí casa y comida y así intentar que se sientan a gusto aquellos que no van a caer rendidos ante nuestros encantos físicos.

Ciertamente, decir que la belleza está en el interior es fácil. Más difícil es creérselo de verdad y mucho más complicado actuar en consecuencia. No somos muy buenos evitando juzgar a las personas por su aspecto. Fijémonos en el ámbito público: desde Kennedy, la apariencia es un factor determinante para alcanzar el poder. Demos un salto del hombre que derrotó a Nixon hasta el reciente éxito de Inés Arrimadas. Vivimos en un época donde, como nunca antes, la apariencia es de capital importancia. Hay otros factores, por supuesto, pero lo externo cotiza al alza. Ya un tal Maquiavelo señaló que nuestra apariencia es vista por todos, mientras que son pocos los que advierten lo que somos.

La belleza está en el interior
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