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La juventud, ja já

NOS REBELAMOS con desesperación contra circunstancias vitales ante las que no existe forma alguna de imponer nuestra voluntad. Nos empeñamos terca y concienzudamente en ser jóvenes. Más allá de calendarios, achaques, fosas abisales en la memoria y otras señales que nos advierten acerca de que la fecha de caducidad de nuestra juventud ha sido rebasada.

¿Qué es sino calzarse unas deportivas encima de esos ridículos calcetines cortos para ir a pintar la mona por la ciudad adelante?, ¿qué es sino estar al tanto de las novedades musicales, trasegar cerveza a deshoras, huir de las básculas, escribir esta columna?

Luchamos centrímetro a centrímetro por conservar un territorio en el que soñábamos que nos quedaríamos a vivir siempre, a pesar de que asumíamos intelectualmente la derrota de tal deseo. Pero con el deseo, con las emociones, no se negocia.

De algún rincón extraño de mis recuerdos he rescatado ahora mismo unos versos de una canción que escuché cuando llevaba pantalones cortos. Ahora solo suelo vestirlos en verano, cuando la verguenza coge vacaciones. Esos versos, escritos sin duda por un ser tan demenciado como irresponsable decían: "la juventud, jajá / la juventud, jajá / sabe lo que quiere / sabe donde va". Vamos a ver: la juventud no ha sabido nunca, ni sabe ahora ni sabrá jamás (espero) ni lo que quiere ni adonde va. La vida consiste en averiguarlo. Si lo tienes todo claro no podrás ser joven. Y viceversa. Precisamente, todo lo que se añora de la juventud procede de la absoluta certeza de no estar enterándote de nada y, sobre todo, de que eso te importe un pito.

Tengamos en cuenta que aquello lo cantaba un tipo que se hacía llamar Palito Ortega. No les digo más. Hoy vas con ese nombre a una productora musical y acabas en urgencias, intentando reparar los estragos del golpe de la puerta en tus narices. Pero estamos hablando de los años 70 y del final de una dictadura de modo que lo del palo o el palito estaba contextualizado.

Todo eso nos lo comimos los de mi generación, poco tiempo antes de que los 80 terminasen con todas nuestras esperanzas de ser algo en la vida. Nadie atraviesa los 80 en plena juventud impunemente. Las taras se han evidenciado en décadas posteriores. La frase "fui joven en los 80" te puede cerrar más puertas que la droga.

Sé que se me está yendo de las manos este artículo: es otra de los peajes que hay que pagar cuando te adentras en aguas turbulentas. Hablando de eso: En Noviembre espero ver en Madrid a lo que queda de Paul Simon. Este detalle biográfico-afectivo debería bastar para obtener una jubilación anticipada. Así es la cosa: dentro de un cuarto de hora, todos seremos quince minutos más viejos.

Sé que todo esto no ayuda, aunque ignoro a qué tendría que ayudar exactamente. Lo único que queremos es seguir luchando por mantenernos jóvenes, de una u otra manera. La mejor forma es estar en contacto con el virus. La juventud es una enfermedad infecciosa que se cura con el tiempo y si te rodeas de especímenes jóvenes acabarás atrapado por sus efectos secundarios. Por supuesto, es algo que he probado. A veces me apoyo en la barra de un bar y pongo la oreja. Intercepto conversaciones entre jóvenes que están en la onda y comienzo a acortar kilómetros en el camino hacia la tercera edad a nivel mental. Tras oir diecisiete veces "en plan" y veinticinco veces "mítico", pido un Tequila. Doble. El barman, un ojeroso carrozón al que casi he visto nacer, me sirve otra caña. "Estamos hechos unos puretas", me dice con sorna.

La juventud, ja já
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