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La pelota no quiere entrar

E sta es una frase-mantra, una frase totémica, una frase salvavidas que se usa en fútbol de modo recurrente para explicar una larga sequía goleadora que conduce a un reguero de derrotas.

Echarle la culpa a la pelota es algo que hacíamos de críos. "Es que el balón varió", decías descargando la responsabilidad sobre el balón de plástico tras haberlo enviado a Marte cuando estabas solo delante del portero. Se decía que el esférico "variaba" cuando, por la escasa calidad de sus materiales, emprendía por su cuenta rumbos extraños lejos de la portería. Pero no solo eran por eso las quejas. La pelota siempre era muy dura o pesaba demasiado (tenía poco aire y no había forma de moverla o tenía mucho y era imposible controlarla). Nunca le echabas la culpa al empedrado, siempre se la llevaba la pelota. Ocurre incluso con futbolistas profesionales, como aquel que le dijo a Toschack que le dolía al golpear el balón dando lugar a que el entrenador galés, famoso por sus malas pulgas, le contestó que a él también le dolía ver cómo lo golpeaba.

El lugar del balón en el juego era crucial: no teníamos botas de fútbol, el campo era de tierra, la portería eran dos piedras o un par de jerseys, pero al menos debía haber una pelota. "La ley de la botella" (el que la tira va a por ella) era la única regla que seguíamos respecto a cualquier incidencia en el juego. Los lances discutidos se solventaba así, con discusiones. No había árbitro porque no habíamos desarrollado tendencias sádicas ni suicidas.

Un lanzador de penaltis no puede decir "el balón no quiso entrar" porque el balón estuvo allí, rendido a sus pies y preparado para llegar a la red de un zurriagazo inmisericorde

Por todo ello resulta sorprendente que profesionales adultos con años de experiencia y desempeño se agarren como a un clavo ardiendo a la frase de marras. Entran ganas de meter a la pelota en un cuarto e interrogarla hasta que confiese la razón de su reticencia a introducirse en la portería.

No se habla en este caso de la mala suerte, otra excusa recurrente para escurrir el bulto ante los fallos propios. Por ejemplo, es frecuente que los futbolistas aludan a la escasa fortuna cuando el balón rebota en la madera de la portería en lugar de ingresar en ella. El tiro al palo es un lance que no deja del todo al jugador en mal lugar. Si lo comparamos con un lanzamiento por encima de la portería es todo un éxito, pero no deja de ser un error. Al menos mientras ese lance no cuente como gol. Quien tira al palo espera que se le disculpe el desacierto porque al menos anduvo cerca. Cuando un equipo no logra marcar pero estrella varios balones en la madera, sus hinchas salen del estadio jurando en lenguas muertas y maldiciendo la mala suerte de los muchachos. No dicen: no han sido capaces de marcar, no saben tirar por dentro, etc. No. "La pelota no quería entrar. Qué mala suerte". Ni una cosa ni la otra: desacierto puro.

Los grandes futbolistas lo saben. Jamás habrá visto a usted a Messi quejándose por la mala suerte tras fallar un penalti, y ha fallado unos cuantos. La temporada pasada, por ejemplo, tuvo un 75'40% de acierto con su club en los lanzamientos de penalti. O sea, que falló casi uno de cada cuatro penaltis que tiró. Pero como es Messi, siguió tirándolos. Otro jugador cualquier sería fulminantemente borrado de la lista de lanzadores hasta que mejorase sus cifras. Cosa de la que no tenía que preocuparse David Villa, por ejemplo, que cerró su periplo como azulgrana con un 94% de acierto en los penalties. Las estadísticas a veces son crueles.

Un lanzador de penaltis no puede decir "el balón no quiso entrar" porque el balón estuvo allí, rendido a sus pies y preparado para llegar a la red de un zurriagazo inmisericorde.

Resulta también extraño que se diga que el balón no quiere entrar pero que no se diga "el balón no quiso llegar a fulano" cuando se falla un pase a fulano. O "el balón no me quiso seguir" cuando el futbolista se lo deja atrás. O "el balón siguió su camino" cuando un lanzamiento va más allá de su destino inicial. El lenguaje del fútbol es muy caprichoso, ¿saben por qué?, porque nosotros somos muy caprichosos.

La pelota no quiere entrar
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