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Las ganas de hacer deporte

EL DEPORTE parece ser que lo inventaron los chinos, como casi todo. Ahora se dedican más a copiar que a inventar porque no son vivos ni nada. Unos 4000 años a.C., los chinos ya hacían gimnasia. En el Antiguo Egipto se practicaba la natación. Lo cierto es que el deporte aparece ligado a la historia humana desde bien temprano. Habitualmente la práctica deportiva recluta sus ejecutantes en el sector de población más joven; la lozanía incita al ejercicio, del que se obtiene mayor fuerza, robustez y belleza, además de múltiples beneficios de tipo psíquico más complicados de explicitar.

Para continuar haciendo deporte a partir de cierta edad, hace falta algo. No vamos a especificar a qué edad nos referimos por dos razones: porque depende de cada sujeto y porque no queremos que nadie se sienta aludido

Para continuar haciendo deporte a partir de cierta edad, hace falta algo. No vamos a especificar a qué edad nos referimos por dos razones: porque depende de cada sujeto y porque no queremos que nadie se sienta aludido. ¿Y qué es lo que hace falta? Esa es la típica pregunta sin respuesta o pregunta retórica ya que se trata de algo indefinible. Puede que alguien piense: ganas, lo que hace falta son ganas. Error. Veamos: ganas es lo que requieren actividades relacionadas con la comida, el sexo y el sueño. Podemos añadir la bebida. Es más, la añadimos. No hay que hacer nada, para comer (o beber), dormir o tener relaciones sexuales puesto que nuestro cuerpo se espabila solo. Le llamamos apetito. Aunque ignoramos (en asuntos de ignorancia conviene usar el plural) por qué no existe el apetito de dormir y sí el sexual o el relativo a la comida. Nota: si usted piensa que (ya) me estoy liando (otra vez) es su problema, joven.

Antes de evidenciar su suspicacia, estábamos con la posible existencia de un apetito para hacer deporte después de cierta edad y hemos dejado sentado que no hay tal, que las ganas de eso no existen, ni han existido, ni existirán (si la biomecánica no nos enmienda en el futuro) (ni usted ni yo sabemos qué es la biomecánica exactamente y por tanto tampoco a qué me refiero, pero se agradece la confianza). Sin embargo, y pese a lo anteriormente señalado, es evidente que hay algo que nos hace vestirnos de mamarrachos para hacer deporte a una edad en que ya no nos podemos vestir de otra cosa con ese fin. Los hombres o mujeres que salen a la calle con ropaje multicolor (en lugar en ropa de camuflaje), calzados con indumentaria deportiva, con rostro deportivo, mirada deportiva y ademanes deportivos; o que son admitidos en un gimnasio o polideportivo para formar parte de su paisaje humano, con todos los adornos con que la Naturaleza ha dotado a su cuerpo salvo el de la juventud, repiten esta conducta porque una fuerza interior les impulsa a ello. Y dejarán de hacerlo en cuanto dicha fuerza se esfume. ¿De dónde procede esa energía, ese impulso para levantarse del sofá y preparar la bolsa? Nadie lo sabe. La publicidad puede actuar como dopante y suministrar un poco de esa fuerza, como cuando teníamos sucedáneo del chocolate (¿qué habrá sido de él?). No es lo mismo, pero vale para ir tirando. La propaganda asocia la belleza y la salud al ejercicio deportivo y eso termina calando en nuestro interior, que luego produce de suyo la imprescindible chispa. Es algo breve, basta con que consiga hacernos levantar el trasero del asiento y llevarnos al armario donde guardamos la ropa deportiva. Llegados allí la inercia hace el resto. También funciona matricularte en un gimnasio donde te claven pero bien y mantener la factura sujeta con un imán en la puerta de la nevera. En todo caso, si usted es agraciado con ese impulso, arrégleselas para conservarlo. El día menos pensado puede esfumarse y esto lo digo por experiencia.

Las ganas de hacer deporte
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