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Lecturas y desvaríos

SE ME ha ido la mano empezando a leer libros y ahora cuando quiero ponerme con uno no sé cuál elegir. Entro en una suerte de estado catatónico. No es muy diferente de mi estado habitual, no es eso lo que me preocupa. Es que no consigo leer nada. He intentado el “pito, pito, gorgorito” pero nunca me conformo con la primera elección. Repito una y otra vez el sorteo hasta que parezco un bobo repitiendo un estribillo infantil. Mando el estribillo y los libros a freir espárragos y leo la prensa en internet.

No soy muy exigente escogiendo lecturas. No soy muy exigente en nada, en general. La vida me lo ha enseñado desde bien temprana edad y hay cosas que no cuesta aprender. Suelo darle entre 25 y 47 páginas a cada libro antes de decidir si sigo adelante. Hubo una época en que terminaba de leer todo cuanto empezaba, por muy truño que fuese. Así leí cosas que hoy me avergüenza revelar y por tanto no voy a hacerlo. Avergonzarse de haber leído un libro es una cosa muy esnob pero todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna y al esnobismo. No todo va a ser profundidad, intensidad y esas cosas que terminan en “ad” (excepto “banalidad”). Más tarde me hice viejo, hasta las cejas, y me dije que tenía que cortar con aquello. Ya estaba bien de secuestros literarios: mi tiempo es mío y cada vez queda menos. De modo que empecé a seleccionar con cuidado, pero sin exigencias. Poco a poco alcancé tal pericia que apenas desechaba libros una vez iniciados. Ahora leo varios a la vez (bueno, leía antes de la catatonia y eso) y suelo acabar antes el que me gusta más. Es de retorcidos dedicarle más tiempo a los que menos te gustan. Si quieres saber si alguien es un tipo retorcido, pregúntale primero si lee varios libros a la vez. Luego pregúntale si deja para el final el que más le satisface. Si es así, aléjate de ese tipo.

Hace un par de años me hice asiduo de la Biblioteca Pública. Soy socio desde que estudiaba EGB, que es una cosa que estudiamos los perdedores para llegar a ser perdedores. Sistema de fichas y tal.

He visto pasar por esa bendita institución de mi ciudad a varios directores/as y a multitud de empleados/as. Todos realizan su trabajo con pulcritud y con un deje de desánimo, supongo que por lo escaso del presupuesto. Hace años sólo prestaban tres libros. Ahora ampliaron a cinco, supongo que ante el desorbitado descenso de la demanda. Querrán que los movamos para quitarles el polvo. Lo del descenso de la demanda es algo de cosecha propia. Lo he deducido tras un par de tardes observando lo que ponen en la televisión. En un país donde retransmiten esas cosas y esas cosas tienen audiencia, las bibliotecas no tienen nada que hacer. Cuando la chabacanería entra en las salas de estar, la cultura sale por la ventana.

Algún día de estos saldré de la catatonia (qué buen nombre para un grupo de rock: “Catatonia”. Hubo unos galeses pero ahora está libre). Me adentraré en un libro como quien entra en un río, despacito y tanteando. Estoy dispuesto a nadar contracorriente al principio, estoy dispuesto a sortear rocas y troncos de árboles, pero en algún momento las palabras me tienen que llevar sin hacer esfuerzos, flotando boca arriba, río abajo. Les iré contando.

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