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Lumbociática

LA LUMBOCIÁTICA entró en mi vida de una forma inesperada, poco romántica pero arrebatadora, que paso a narrar a continuación. Por ello, amiga lectora, huya ahora que aún está a tiempo.

Todo sucedió gracias a google, como la mayoría de las cosas que nos pasan en la vida de unos años para aquí. Entré a buscar el origen de unos molestos dolares lumbares que incidían en la parte lateral anterior de mi pierna izquierda, y perdonen el tono facultativo, pero es el que conviene. Tras la lectura de unas cuantas páginas, tomé la decisión sin un ápice de duda: padecía de lumbociática.

Anuncié el acontecimiento a los miembros de mi familia presentes en el hogar, con la consiguiente falta de entusiasmo por su parte, y me entregué en cuerpo y alma a deleitarme en mi nuevo estado.

Esa misma tarde me tocaba gimnasio, por culpa de esas decisiones que tomas a lo loco y mantienes a lo masoquista y, como siempre, me asomé a la ventana para sentirme una víctima del destino por tener que salir a padecer la lluvia y el frío que llevaban meses al mando de la ciudad. Entonces un golpe de la diosa fortuna acudió en mi rescate: unas conexiones neuronales en mal estado hicieron contacto, prendió la chispa, y caí en la cuenta de que alguien con lumbociática estaba imposibilitado para la práctica deportiva de cualquier índole. En mi caso, la práctica deportiva se limitaba a caminar durante una hora por una cinta de correr. Se llaman cintas de correr aunque algunos, con mayor sentido común que la media, las utilizamos para caminar una vez rebasada cierta edad con las rodillas estragadas. Tras la hora de caminar sin avanzar ni un solo paso, arrastro lo que queda de mi hasta una elíptica, que es el nombre científico de un instrumento de tortura, trepo a ella como buenamente puedo y echo diez minutos intentando no caerme. Después uso las escasas fuerzas restantes para regresar al vestuario e intentar revivir bajo la ducha. A esta rutina masoquista, como a todas las diseñadas por sádicos de todas las épocas, se le termina cogiendo cariño. Es una especie de síndrome de estocolmo físico que te impulsa a repetir el martirio un día y otro solo para sentir un tremendo alivio cuando finaliza. Ese martirio comienza cuando te preparas psicológicamente para desplazarte al local donde lo ejercitas, por ello contar con una coartada con tanto pedigree como la lumbociática es toda una bendición caída del cielo. Anuncias a los seres vivos con los que convives, ante su total y terco pasotismo, que no podrás acudir al gimnasio por culpa de tu lumbociática y pronuncias el término regodeándote en las consonantes pero sobre todo en las vocales (sin saber por qué) y te quedas luego observando la lluvia tras los cristales y dando gracias de corazón al que inventó google y la madre que lo parió.

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