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Magdalenas

TODOS TENEMOS alguna relación con las magdalenas, incluso quienes piensan lo contrario. Es una de las características de estos pequeños bollos: nadie se sustrae a su existencia. Otra característica es la desaparición de la “g” al referirnos a ellas. Todos decimos “madalenas” como si le diésemos un mordisco al nombre, siempre en el mismo lugar.

Cuando eres pequeño y entras en tu mundo las magdalenas, casi siempre por vía materna, las ves precisamente como una extensión de tu madre, como una concreción física y comestible de ciertas cualidades de tu madre. Son esponjosas, amorosas, delicadas. Las magdalenas son madres en miniatura que se te deshacen entre los dientes. Seguramente Freud y sus muchos secuaces tendrán alguna explicación para todas estas cosas, pero casi mejor quedarnos con que las magdalenas son algo muy importante en la infancia de uno por cuestiones nutritivas.

Después está esa maravillosa experiencia de intentar hablar mientras te estás comiendo una. Una suave explosión lanza decenas de trocitos de magdalena mezclados con saliva hacia tu interlocutor, si está cerca, o hacia el suelo. Te entra la risa y eso hace que expulses una mayor cantidad de pedazos de magdalena, lo cual te hace reir aún más y finalmente llegas a la conclusión de que no es posible engullir una magdalena si además pretendes decir algo. Entonces tu interlocutor suele anunciar en voz alta su intención de defecar sobre uno o varios de tus parientes cercanos y descubres que se ha incomodado un poco. Con la boca llena le dices que no se ponga así jugándote la vida.

La magdalena más famosa del mundo es aquella que olisqueaba, mojaba en té y se comía Marcel Proust en “Por el camino de Swann”. Al hacerlo, le viene a la memoria toda su infancia y eso da lugar a los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”, la colección de libros más y famosa y farragosa de la historia de la literatura. El bueno de Proust falleció antes de ver publicados los tres últimos (y mucha más gente antes de acabar de leerlos todos). De hecho, es bastante probable que nadie se los haya leído). Conocer el episodio de la magdalena, aunque sea de oídas, convalida todo Proust.

Nuestra magdalena de toda la vida ha sufrido en los últimos tiempos un duro ataque comercial procedente de más allá de nuestras fronteras. Los agentes sobre los que pivota la agresión son los muffins y los cupcakes. Ni usted, ni yo, ni probablemente nadie, conoce el exacto significado de esos dos vocablos de origen anglosajón, aunque sí su única función en la vida: embotar las débiles mentes de los débiles para que abandonen su natural devoción por las magdalenas y la sustituyan por un servil y pueril seguidismo de esos intrusos. Voy a narrar un suceso inenarrable acontecido delante de mis narices.

Habiéndome desplazado hasta A Coruña para mejorar mi pronunciación del idioma peninsular, di en visitar el templo de la modernidad y el hipsterismo conocido por Fnac. Allí llamó mi atención un grupo humano concentrado en la cafetería. Sus integrantes se hallaban, entre gozosas expresiones del más inane embeleso, adorando una gran cantidad de magdalenas de colores variopintos que se extendían por diversas mesas. Cuál no sería mi asombro y posterior indignación cuando un cartel me informó que estaba en presencia de una muestra, exhibición o algo incluso peor de CUPCAKES. Quise hacerme con un cedé de AC-DC y reventar uno de los equipos de música a los sones de Highway to hell, castigando a aquellos horteras degeneradores del idioma y enemigos del sentido común. Me conformé con huir como alma que lleva el diablo.

Aún hoy he de reprimir las arcadas cuando oigo vejar de tal forma a las espléndidas magdalenas.

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