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Naderías

CUANDO TIENES que escribir una columna y no se te ocurre nada, estás de suerte. Es decir, ya has encontrado el tema: ninguno. Escribir sobre nada no es fácil, pero es mucho más difícil escribir sobre el conflicto catalán (y decir algo nuevo) o sobre cualquier tema político en general. Todos esos asuntos están tan sobados que cuando pones tus manos sobre ellos los dedos resbalan sobre su superficie. Quizá por eso algunos articulistas prefieren abordarlos con sus zarpas. Los dejan hechos un asco, con rasguños por todas partes, heridas incisocontusas, trozos de piel sanguinolenta y cuando llegas al punto final parece que has atravesado una película gore.

Escribir sobre política es una actividad complicada que entraña riegos cerebrales. Te juegas el sentido común y la vida de tus neuronas. Si te implicas demasiado probablemente ni puedas terminar el artículo de una sentada, tendrás que asomarte a la ventana para que te de el aire o pedirle a quien tengas cerca que te pellizque, que te de unos buenos pellizcos para que vuelva a circular la sangre.

Hemos convertido la política en tal ejercicio de cinismo que la mera reflexión sobre el asunto colapsa lo poco de honestidad que podamos llevar aún puesto. La primera reacción es tomar distancia y contemplarlo todo como si fuese un circo de pulgas, un paisaje lunar o una excreción de la madre naturaleza sobre la piel de la tierra. Pero no. Todos contribuimos a edificar esa construcción grotesca y todos toleramos y todos miramos hacia otra parte. Por ejemplo: sabemos que todos los partidos se financian de modo alegal o ilegal, pero en lugar de exigir una reforma de la ley de financiación de partidos preferimos rasgarnos las vestiduras y hacernos los dignos o los sorprendidos o ambas cosas.

Y así miles de ejemplos más. Vemos como les crecen patas y rabo a las cosas más injustas delante de nuestras narices y nos limitamos, como mucho, a hacerlas desfilar por una columna de periódico. Por ejemplo: servidor está absolutamente a favor de la prisión para esos señores del noroeste que están en prisión. Si lo que han hecho no puede calificarse de sedición, entonces qué rayos será la sedición, mare meva. Pero qué decir, acto seguido, del ínclito yerno del rey emérito, que campa a sus anchas para vergüenza de todos, incluyendo a su familia. Por no incluir a la despistada o zote de su conyuge, que va por la vida firmando cosas al tuntún.

Pero quedamos en que no, en que lo fácil es escribir sobre nada en concreto. Liarse la manta a la cabeza (¿qué pintará una manta en la cabeza?) y emprenderla con las frases como intentando descifrar un código pergeñado por un demente un día de borrachera. Nada hay más veloz que una frase que uno no sabe adónde se dirige, cortando el aire, sorteando las comas hasta toparse con un punto y seguido. El texto empieza a adquirir una velocidad vertiginosa y llegas a temer que se pegue una hostia tremenda tras derrapar en una subordinada, pero la mayoría de las veces consigues enderezar el rumbo hasta encontrar un punto y aparte.

Entonces es cuando te muerde el arrepentimiento. Normalmente empieza por los tobillos. Comienzas a lamentar no haberte puesto a escribir sobre el tema de moda, que es el que demanda el lector medio que, aunque no existe porque es sólo el resultado de una operación aritmética, manda mucho. El sudor perla tu frente (y cuando escribes este tipo de frase es como si cruzaras una meta volante) y tal vez se te escape una interjección escatológica ("¡mierda!", o así). Ahí es cuando tienes que resistir. No escribir sobre nada solo sirve de algo si consigues llegar al final.

Naderías
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