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Palabrotas a gogó

DE PEQUEÑO no decía palabrotas. Es asombroso lo asertivo que se pude llegar a ser de crío. Rodeado de chavalada de barrio que juraba en sánscrito, me mantenía firme en lo que ya parecía una manía. Un día que nos pusimos a charlar (debíamos de estar muy agotados) uno que se llamaba Gómez hizo notar a la concurrencia que servidor nunca decía tacos. Lo dijo sonriendo, de buen rollo, y los demás se lo tomaron con risas. Bien podrían haberse enfurecido y hostigarme (o algo peor que empieza igual) hasta sacarme un "coño" o un "carallo", pero parece que estaba asumido que yo no valía para soltar tacos. Me fui para casa reafirmado en una forma de hablar que se precipitaría por otros derroteros unos años después, cuando la adolescencia nos somete a su carrusel de castigos y no se respeta ni asertividades ni puñetas. Pero el incidente con Gómez me quedó bien grabado, ya se ve. Aquel chaval, el único al que llamábamos por su apellido, tocó algo dentro de mi que recobraría ya superado el sarampión de los vocablo malsonantes. Gómez me hizo ver que uno no se puede sentir mejor que cuando se respeta a si mismo.

Estamos en un país especialmente dotado para la invención y exhibición pública de todo tipo de juramentos. Camilo José Cela incluso presumía de ello, aunque también es cierto que presumía de poder absorber analmente un par de litros de agua

El lenguaje grueso se construye alrededor de temas concretos: lo sexual, los excrementos, las relaciones de parentesco, la religión. En general son generadores de imprecaciones y denuestos los temas tabú de cada sociedad. Así, el chino mandarín carece de referencias blasfemas a todo lo que tiene que ver con la divinidad pero es prolífico en expresiones relativas al parentesco, sobre todo combinadas con las relaciones sexuales. "Jode a tus 18 generaciones de ancestros", "jode a tu tío", "tu madre vende (su) coño" o "corta la polla de tu padre" son algunas de las lindezas del mandarín. Ahora imagínense esto en un país de ciudadanos gritones, y no quiero señalar. Un país en el que la presión social incita al desahogo verbal porque está atiborrado de locales donde esas expresiones no solo son bienvenidas, sino que cualquiera que las evite acabará siendo etiquetado como un Ned Flanders de la vida. Y no hablemos de entornos futbolísticos, por ejemplo, donde usar la lengua para hacer el macarra es tan elemental como la presencia del balón. De hecho, quizá las palabrotas más infladas las hemos oído en campos de fútbol, y no siempre en boca de aguerridos varones (como suele ser habitual porque las mujeres no son educadas en la chulería).

De tarde en tarde suelto un exabrupto en forma de taco, me dejo llevar por la furia y remato una frase lo más sonoramente que soy capaz. No es que me sienta mejor, ni peor, es que las cosas llevaban hacia ahí puesto que ahí terminaron. Sin embargo, soy remiso a salpicar mi discurso de improperios hacia otros, o a salmodiar groserías para dotarlo de mayor vitalidad y dinamismo. Está claro que estamos en un país especialmente dotado para la invención y exhibición pública de todo tipo de juramentos. Camilo José Cela incluso presumía de ello, aunque también es cierto que presumía de poder absorber analmente un par de litros de agua... Hay incluso emplazamientos en los que dirigirte al prójimo sin llamarle hijoputa se considera una descortesía. Algunos teóricos del asunto denominan "coágulos de emoción" a los tacos, convencidos de que su origen está en el sístema límbico y no en las áreas del cerebro donde se origina el lenguaje. Según esto, las expresiones soeces funcionarían como una expecie de respuesta fisiológica ante determinados estímulos. A uno le da la impresión de que se trata de echar balones fuera, de punteirolo, como no queriendo asumir lo que sale por nuestra boca.

Palabrotas a gogó
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