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Por burros

LOS DE mi generación lo aprendimos en la escuela. Los maestros nos llamaban «burros» si hacíamos algo mal y después nos obligaban a repetir el ejercicio. Repetimos cuentas, muestras, dibujos, redacciones... cursos enteros. Alguno a punto estuvo de repetir infancia.

Ahora, como en una pesadilla infantil, nos vemos obligados a repetir las elecciones generales.

No nos llaman «burros» así, directamente, porque no hace falta: es como nos sentimos cuando se nos informó de lo que había estado sucediendo en este país durante nuestra «ausencia», en aquellos años locos en que nos pagaron un viaje al mundo de «España va bien» mientras unos cuantos se forraban.

No nos llaman «burros» tampoco ahora, por no haber votado como debíamos, o sea, como les convenía a ellos. Porque está claro que como les convenía no ha sido: su incapacidad para formar gobierno ha inaugurado una era. Una en la que nosotros seguimos siendo los tontos de la película, los que pagamos el pato. Tampoco se aclaran para recortar los gastos electorales. Claro que estamos generalizando y sería más justo que cada palo aguantase su vela. Veamos.

El PP salió del anterior envite tan cariacontecido, demacrado y ojeroso que las escasas ganas que su presidente le pone al asunto de la política cristalizaron en una claudicación a la hora de intentar formar gobierno. «Para llevarme un chasco ya ni lo intento», arguyó, parafraseando. No es hombre de muchos esfuerzos, cuanto más si la tarea está condenada al fracaso.

Rajoy finalmente segó lo que había estado sembrando: tras una legislatura meciéndose en brazos de la mayoría absoluta en lugar de intentar buscar consensos (¡esa LOMCE!) ahora no encontraba brazos que lo recogiesen antes de comerse el suelo. Por el camino, se cantaban en los medios los variopintos casos de corrupción que salpicaban al partido como en un terrorífico bingo: uno a uno cantaban línea y despúes bingo y luego lo mismo en otro cartón y, cuando parecía que habría una tregua, otro cartón premiado. Y de todo ello el presidente sólo reconoció un error al enviar un sms.

La penúltima traca final, el aforamiento de Rita Barberá, fue como si pusiesen por megafonía en plena vorágine de la tragicómica lotería aquella de «La bomba con la que nos martirizó King África sin misericordia, que es lo que falta aquí: un poco de misericordia.

Otros inauguraron la frustada legislatura haciendo aquello del 6 y el 4 que trazábamos de niños: la cara de tu retrato. Cuando el PSOE se echó en brazos de Ciudadanos («la amo y si me queréis tendréis que quererla a ella») parecía que estaban añadiendo confusión a su propia confusión. Pero no: estaban revelando su auténtica alma. Empezó a quedar claro de qué pie cojeaban los paradójicamente autodenominados socialistas.

Podemos se creció ante su éxito y marcó su territorio con meaditas de pequinés repipi que sentaron mal en las filas socialistas, pues tienen alergia a términos como «cal viva» igual que otros no pueden leer «Eta» ni nada que acabe en «eta». La presión mediática sobre el partido de la nueva izquierda fue brutal. Le echaban en cara asuntos pendientes de su vida anterior, incluso de otras vidas anteriores. Hasta les acusaron de no querer bailar con los ciudadanos de Ciudadanos. Pero no es malo rechazar un pacto: no es malo tener ideología, principios, programa. Al contrario, es bueno saber que no todo vale para alcanzar el poder. Y es de aplaudir que Ciudadanos mantenga este mismo razonamiento con respecto a Podemos. Ya es más sospechoso que se abstengan en el Congreso cuando se vota contra la LOMCE, una ley que solo le vale al PP.

En fin, a la casilla de salida. Por burros.

Por burros
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