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Pretendientes y programas

CUANDO MOZO, pretendí a una serie de muchachas que indefectiblemente se apartaban de mi mientras se acercaban otras sin que las pretendiera. Es algo corriente: una fase que hay que atravesar antes de emparejarse.

Hoy están de moda los programas televisivos para encontrar pareja y salir en pantalla. Aunque mejor sería decir que son para salir en pantalla y de paso intentar encontrar pareja. Son programas de citas. Hay programas de citas y casas de citas y acaso acaben confundiéndose unos y otras. Tenemos Mujeres, hombres y viceversa. Un nombre maravilloso. Cualquier nombre que lleve el vocablo viceversa tiene mi aprobación y la de Joaquín Sabina (junto a un grupo llamado así grabó varios discos en los 80). Resulta, que salvo el nombre, nada hay para salvar en este programa. He consultado varias webs especializadas y hay un denominador común: lo ponen de vuelta y media. Hay unos tronistas, algunos tronados y unos pretendientes y se juega por eliminatorias hasta que una pareja llega al final. Lo dan en Telecinco, que no es un canal que despunte por la exquisitez de su parrilla, y está publicitado profusamente en prensa escrita y digital, así como en otros programas de la cadena que le sirven de soporte. El artefacto es zafio a rabiar, y eso que no he podido reunir aún el valor para sentarme a verlo. Les explico todo esto porque si lo están leyendo, ustedes no pueden reunir el perfil de quienes han hecho de MHYV un éxito de público.

Luego está First Dates. Este sí lo he visto. Es que pensé que era un programa en inglés, patrocinado por la Xunta por lo del trilingüismo y tal. Error. Reúnen a parejas en un plató que disfrazan de restaurante (o es al revés) tras una selección realizada con criterios no revelados. Se trata de que cenen y se vean a ver si se gustan. Si es así, puede pasar de todo: que se acuesten esa misma noche o que pasen de todo, insisto. A veces, a los dos minutos, ya ves claro que se odian. La educación les impide confesarlo, pero se les nota.

Lo paradójico es que se prestan para hacer un programa de televisión y aún tienen que pagar una cena cutre que le ponen para que se entretengan mientras se conocen. Les ponen trocitos de comida y no les dejan ni una lupa a mano para intentar averiguar qué están ingiriendo.

Por el medio hay un señor que tiene dos trozos de peluca encima de los ojos y que hace cosas raras con ellos. Pese a tanta abundancia, le falta pelo encima de la cabeza: es un sinsentido. Además de él, también hay un barman que parece un portero de discoteca y unas camareras a las que acaban mirando más que a su cita el noventa por ciento de los que por allí pasan.

La mayoría de los jóvenes que van al programa van anillados. Debe ser una promesa, una imposición del gobierno o la señal de un pacto con el diablo. Llevan anillos en la nariz. O sea, van a ligar procurando tener el aspecto más desagradable posible: si aún así lo consiguen, esa relación durará eternamente. También llevan el cuerpo pintado, como si fuese un libro. Algunos a lo mejor hasta son aficionados a la lectura.

Al acabar todo, les preguntan si desean tener otra cita con la pareja que les ha tocado en suerte. A los que la tienen sentada en su regazo ya no les preguntan nada. Y a otros que ni se miran tampoco.

Tiempos raros estos en que puedes tomarte una cerveza mientras televisan tu último intento de ligue.

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