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Principios de año

NO TODOS los días uno empieza un año, y como tienen que pasar doce meses para volver a hacerlo, se nos antoja que se trata de una fecha especial. Nos gusta marcar hitos en el calendario, dotarlos de cierta magia, vestirlos de largo, anunciarlos como si fuesen las reinas de una fiesta. Eso parece ayudarnos a algo, aunque es difícil asegurar a qué exactamente. Tal vez a no sucumbir bajo la rutina de todos los días que transcurren aparentemente iguales, aparentemente indiferentes a nuestras frustraciones y esperanzas. Tal vez se trata solo de coger impulso, de detenerse a asegurarnos los cordones de los zapatos y marcar un nuevo inicio de un recorrido que en realidad aún no se ha detenido.

No es extraño en los días finales del año, que a veces duran hasta bien entrado el siguiente, que nos seduzca la extraordinaria tarea de hacer balance del periodo que termina. En estos casos es corriente que lo que hemos dejado atrás se nos aparezca ya sin el oropel que en su momento nos deslumbró, o sin la agitación que nos confundió o sin la intensidad en el dolor que nos había aturdido. Y no es infrecuente tampoco que la inercia del tiempo que nos aguarda por delante nos haga pasar por alto alguna lección que deberíamos aprovechar de lo ya vivido. En todo caso, siempre es recomendable la reflexión, sobre todo si pretendemos que nos sirva de guía. Y tal vez hallemos motivos, además, para la celebración, en cuyo caso deberíamos apurar tal posibilidad.

Es costumbre en estas fechas establecer una serie de metas a alcanzar durante el año que comienza: iniciar hábitos sanos, abandonar otros perniciosos, etc; nos proponemos cosas que nos hemos estado proponiendo con terca reiteración año tras año, inasequibles al desaliento e irreductibles al sentido común. En lugar con averiguar qué ha fallado en el enfoque de nuestro viejo propósito, repetimos los pasos que han dado al traste con su consecución, como si fuese cuestión de insistir hasta agotar su paciencia. No hacemos otra cosa que otorgarle un sentido mágico a nuestro deseo de alcanzar un logro, pretendiendo que por hacerlo en una fecha concreta se hará realidad como por ensalmo. En realidad los propósitos de año nuevo son más que los gritos de nuestra conciencia, que nos recuerda de golpe y porrazo todo aquello que durante un año le hemos estado haciendo callar.

Los principios de año suponen una sacudida emocional: se nos exigen celebraciones, brindis, ánimo renovado, nuevas metas... y el año entrante se nos aparece revestido de un aura misteriosa simplemente porque las matemáticas nos han hecho avanzar un puesto. La provisión de energía con que debemos de recorrer las primeras semanas es directamente proporcional al desgaste de las ilusiones que nos hayamos podido hacer. Cada jornada sigue teniendo tramos de 24 horas y cada una de estas 60 minutos y si disponemos de algunos para disfrute personal nos podemos tener por afortunados. ¿Cuándo dejamos atrás la sensación de transitar un año distinto? Depende, como casi siempre. Algunos llegan con el depósito vacío a Febrero, otros entran en la primavera oliéndose la tostada y hay quien al llegar el verano se oye diciéndose: "otro año de mierda". Somos una raza de caníbales que lo primero que devoramos es a nosotros mismos.

Lo más sencillo es apurar la frontera del día de mañana, y si alcanzas sus postremerías, apuntar al siguiente. Y así paso a paso. Como dice la Biblia, cada día traerá su propio afán. No nos afanemos, pues, más de la cuenta. No va a servir de nada hacerlo, salvo destrozarnos los nervios y la digestión. Buen año.

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