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Pruebas médicas

HABLEMOS DE las pruebas médicas. Es un tema como otro cualquiera, más al orden del día cuanto mayor se hace uno, o lo hacen, que casi siempre es esto último porque uno no sería mayor nunca si dependiese de sí mismo.

Un día vas al médico por ir, por vicio, qué necesidad hay de ir al médico a ciertas edades y tras un análisis te encuentra de todo. Te pinta una imagen de ti mismo que te hace echarte las manos a la cabeza: estás vivo de milagro. Tienes un poco de todo, desde el colesterol alto a la tensión por las nubes o por los suelos, el azúcar disparado, las transaminasas locas. Le taparías la boca al facultativo. Le llaman facultativo por eso, porque está facultado para ponerte los pelos de punta. Y entonces es cuando te prescribe una prueba. Los médico son mucho de prescribir. No hay nada, aparte de recetar, que les guste más que prescribir. Por si acaso. La mayoría de las veces lo hacen "por si acaso".

Te manda, por medio de un volante (ese es otro misterio ¿por qué le llaman volante?, ¿adónde conduce ese nombre?) a hacer una resonancia magnética. La resonancia magnética es más nombre que otra cosa. Al médico se le llena la boca cuando te lo dice. Va usted a hacerse una resonancia magnética, y el sintagma resuena en el cuarto de la consulta como si descendiese el dios romano Esculapio (Asclepio para los griegos) para meterte un dedo en el ojo, que es algo parecido a lo que va a pasar con la prueba. Luego te lo quita y te quedas todo aliviado y agradecio. No ha servido para nada, pero el alivio y el contento ¿qué?

Te vas con tu volante a pedir cita y la empleada empieza a pasar hojas del calendario mientras te haces cada vez más viejo. Ya casi a punto de jubilarte dice un día y un mes, e incluso un año, y tú dices: ojalá lleguemos allá. Te vas para casa con una sentencia a resonancia magnética y una fecha de ejecución.

Intentas volver a tu vida corriente, como si eso fuese posible. Como si hubiese un solo día que no recordases el tema de la resonancia e imaginases los peligros que entraña. Como no tienes ni idea de en qué consiste, la imaginación hace estragos. Alguien te dice algo de un tubo, inmovilidad, ruidos. Buscas en Google "resonancia magnética" y empiezas a leer hasta que te empiezas a marear, a sudar, a tiritar de frío, a sentir fiebre, punzadas en el estómago, calambres en las piernas. Mierda de Google.

Los días pasan con una lentitud pasmosa y en tu cabeza resuena la tan temida como inútil prueba como si estuvieses obsesionado con ella. Y vaya si lo estás. Le cuentas a todo el mundo que te vas a hacer una resonancia, en voz baja y con gesto luctuoso. En lugar de darle pena, la gente cambia de tema. No quieren que piense en ello, te dices, no me quieren angustiar. Qué buenos amigos, panaderos, carteros, electricistas, vecino del cuarto, etc, son.

Y llega el día. Accedes al hospital temblando y cuando te llega el turno te meten en un cuarto con poca luz. Te mandan sacar "las joyas" (vaciles no, piensas, aún por encima) y la parte de arriba. Entiendes que se refieren a la camiseta. Luego te mandan introducirte en una especie de sarcófago y te cominan a permancer inmóvil durante el tiempo que dure la prueba. Y te preguntan si tienes claustrofobia. Después de haber esperado meses, haberte medio desvestido y estar allí tirado como una colilla, te preguntan por la claustrofobia. Te entran ganas de salir chillando que sí, que eres claustrofóbico desde el vientre materno, pero aguantas.

Entonces comienzan una serie de ruidos infernales y descubres que eso lo explica todo. En realidad es una prueba psicológica para demostrar tu salud mental. Si la pasas, seguirás viviendo. Si no, te sacrificarán como a un perro, con esos ruidos del averno como banda sonora de tus instantes finales. Luego simularán un ataque al corazón, que de todas formas es muy probable que se produzca.

No se haga usted una resonancia magnética. Jamás, bajo ningún concepto.

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