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Salir por Pontevedra

LOS DE PONTEVEDRA somos gente de muchos vicios. La mayoría de ellos cobran forma tras salir de casa. Ese es el principal vicio: salir de casa. Si nos quedásemos en casa tranquiliños, otro gallo cantaría. Pero no, se nos da por coger la noche de un viernes por el cuello, y hala, a retorcérselo de bar en bar. O cosas peores. Cosas que no quiero ni nombrar. Los pontevedreses tenemos mucha oferta de vicio esperando por nosotros fuera de casa. Así no hay quien pueda llevar una vida tranquila. Y nos ponen calles anchas, casi tanto como las acera, solo para incitarnos a salir. Nadie cae en el vicio si no lo incitan, que no es un hoyo con el que te tropiezas por el pasillo de tu casa. Insisto. El vicio aguarda afuera. La noche, sobre todo, es la boca del lobo. Un lobo con caries y con eructos que huelen a miles de Caperucitas, algunas rojas, algunas no.

Los pontevedreses salimos a tomar las calles y los vinos, convencidos de hemos nacido para ello, y nos juntamos en las plazas para dar de beber a quien pasa. Y quien pasa somos nosotros, una y otra vez.

Tomamos la plaza de la Verdura al asalto, un fin de semana, como si fuese el último. Arracimados bajo sus soportales o apiñados en las mesas de los bares, un conglomerado de jipis y pijos junto a todas las combinaciones posibles entre estos y los hipsters: jipi-hipster, pijo-hipster, hipster-hispter... Prohibido meterse con los hipsters, que por lo menos leen, me dijo un amigo. Y ahora me meto con ellos con sordina, igual que me hacen gracia con moderación, o me interesan relativamente.

Otro importante vicio son las tapas. Es asombroso. Resulta inverosímil que llevemos tantos años engullendo las mismas, incansablemente: de calamares, de pulpo, de pimientos, de zorza, de chorizo, de queso... hay cuatro o cinco principios alimenticios que tendrían que reventar la estadística en un análisis dietético.

Hemos intentado cambiar, eso sí. He entrado, sin mediar violencia o coacción, en un restaurante minimalista. Ya saben, de los que no te facilitan un microscopio con el plato de comida y así no hay manera. Lo mejor que saqué de aquella miniatura fue una foto con el móvil. La subí a facebook y parecía una miñoca lunar. Cuando me entregaron la cuenta me tuvieron que sujetar entre cuatro. Las tomaduras de pelo sientan mal con el estómago vacío.

Después de congregarse uno en torno a las mesas de la Verdura, toca desparramarse por el resto de la zona vieja. Hay cientos de bares, miles de pubs, decenas de millares de disco-pubs... y luego está el Reixas. El Reixas es el último bastión de lo que fueron las tascas en Pontevedra, que fatalmente sucumbieron ante la modernidad, que es una cosa ante la que sucumbe el más pintado con tal de que no quedar pasado de moda. No voy a decir dónde está porque ustedes ya lo saben; y si no lo saben, no interesa mucho que lo localicen: no cabe mucha gente. Allí pide usted un licor café y le ponen un vaso de tubo y usted los ojos como platos.

Cuando llega la hora de retirarse, el pontevedrés suele hacer el remolón. La pontevedresa, menos, sobre todo si lleva al pontevedrés de un brazo. Si el pontevedrés no consigue soltarse de ese brazo, aparecerá ante el portal de su casa en un santiamén, como por arte de birlibirloque. ¿Ya hemos llegado? dirá envuelto en asombro y dudas. Una noche menos, qué fatalidad.

Lo de salir es mucho más duro de lo que parece.

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