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Santa Maradona

E n 1994 y al frente de aquel combo de fiesta guerrillera llamado Mano Negra, Manu Chao llevó a las emisoras de radio una canción que era un retrato caleidoscópico del mundo del fútbol sin obviar verguenzas como el amaño de partidos. Se incluía en el album Casa Babylon y su título era Santa Maradona. Fue el cuarto y último album de la banda y salió en Mayo. De Junio a Julio de ese año jugó Diego Armando Maradona su último mundial, en Estados Unidos. Tras un partido contra Nigeria, dio positivo por estimulantes y fue suspendido por la FIFA durante quince meses. "No me drogué, me cortaron las piernas" declaró el indomable. En realidad, se encontraron en su organismo cinco tipos de sustancias prohibidas: "efedrina, norefedrina, pseudoefedrina, norpseudoefedrina y metaefedrina". La familia al completo de las efedrinas, una sustancia estimulante que aporta un aumento de energía. Se usa también como antihistamínico, para tratar el asma y como colirio. Popular en gimnasios como ayuda para perder peso, el cóctel que presentaba Diego no procedía de un único producto.

Maradona volvería a jugar al fútbol con Boca Juniors tras matar el gusanillo como entrenador de varios equipos de poca entidad y se retiraría en ese club a los treinta y siete años. Una admitida adicción a la cocaína le obligaba a realizar un control antidoping tras cada partido. Después de dejar el fútbol, Maradona dejó también a su primera esposa (por iniciativa de esta) y a su representante y amigo, el controvertido Guillermo Coppola. En plena cuesta abajo, Maradona llegó a pesar 120 kilos (mide 1’65) y padeció dolencias cardíacas. Demandas de paternidad, problemas con el fisco... su vida nunca ha dejado de ser un tíovivo. Algunos de sus fans han creado la Iglesia Maradoniana, un divertimento para ensalzar al dios Diego que se ha extendido por más países de los que uno imaginaría. Diego nunca ha dejado de figurar en la cartelera y eso hace de combustible de la adoración que despierta. Lo hemos visto en varias reencarnaciones. Desde sus días en el Olimpo futbolístico, en los que se alzaba y tocaba el cielo y de paso el balón con una mano tras serpentear entre ingleses que no lograban frenarle. Y también dar giros y vueltas de azul y grana, dos años antes, en una vergozosa tangana postpartido, buscando con ambas piernas en brincos acrobáticos a los jugadores del Athletic. Y darle toques a una naranja en la tierra de las naranjas (los repetiría metido dentro de un traje, ya retirado, para promocionar cosas que andaba promocionando). Y marcar goles inverosímiles como si el balón dispusiese de GPS y él tuviese el mando.

El Maradona niño grande, el chulesco, el Maradona depravado, el que veneró a Fidel Castro (se lo tatuó en la zurda, la única zurda antes de Messi) y del que dijo fue mi segundo padre, el que disparó a unos periodistas con una escopeta de aire comprimido, el que tuvo seis hijos con cuatro mujeres y acaba de reconocer a otro... todos los reunió el Paolo Sorrentino en La Gran Belleza para hacerlo aparecer en un balneario, un icono carnal y decadente al que prestó su cuerpo el actor Roly Serrano.

Estos días atrás se vio mucho a Maradona en la tele. Participó en la gala del Premio The Best que se celebró recientemente en Zurich. Se habló más de ella por la ausencia de las estrellas del Barcelona que por otra cosa, porque siempre que no vas a un sitio ocupas más sitio que si fueras. Fue una alegría, al menos para quienes lo vimos jugar, pasarlo mal y levantarse, comprobar que Diego ahora está en buena forma.

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