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Se van a cargar el fútbol

PUEDE QUE una panda de cuatreros haya estado robando a todo trapo en este país. Puede que incluso el cuñado del rey haya delinquido para engrosar su peculio. Hasta que la infanta se las haya arreglado para colaborar y que pareciese que no lo había hecho. Puede que Europa se rompa y que España siga haciéndolo, imperceptiblemente. Puede que sigamos subvencionando el maltrato animal como los animales que somos. Y que el efecto invernadero esté derritiendo los polos y el cambio climático llame a la puerta un par de veces al día, como un cartero enloquecido. Puede que siga muriéndose de hambre la gente de los mismo lugares donde lo vienen haciendo mientras los ricos también lloramos nuestras miserables miserias. Es decir, puede que sigamos teniendo que pasar la verguenza de ser conocidos como la especie humana, veinticuatro horas al día.

Pero lo que ya no tiene nombre, lo que ya raya el concepto de hecatombe y anuncia con delirantes chillidos de horror que el fin está próximo, es que quieran cambiar las reglas del fútbol. Se anuncian cambios en las reglas del juego y el uso de tecnología para discernir acciones que las vulneren.

Van a sacar las discusiones de los bares, y si nos sacan las discusiones de fútbol acabaremos sacándonos los ojos. Están probando un dispositivo para revisar jugadas difíciles de juzgar y acertar con la decisión. Van a anular goles, señalar fueras de juego, jugar con nuestra alma en vilo. Van a imponer el jolgorio en diferido. Esperar minuto y pico para saber si te tienes que alegrar con efecto retroactivo o decir "Uyyyyyyyyy" con demora.

No saben que la grandeza de este, ejem, deporte, radica en su envoltorio troglodita. Sus normas sin mudanza desde la edad de piedra, sus decisiones en manos de seres que vestían de negro en claro augurio de su funesto papel en todo el asunto. Si al fútbol le quitamos los errores arbitrales los bares se convertirán en salas de reposo, los forofos en monjes de clausura y los árbitros perderán el aura de seres suicidas, de héroes mitológicos que empuñan un silbato mientras se dirigen a la arena del circo para ser devorados por las fieras. Cuando les permitieron usar un uniforme de color, se mascaba la tragedia. Luego les dieron un ridículo spray para pintar la hierba y un pinganillo para comunicarse con otros árbitros aún más cegatos que ellos (véase el juez de línea del Camp Nou la noche del atraco).

Un ex-futbolista de apellido Van Basten incluso propone modificar los penaltis. Pretende que en vez de un disparo, el jugador avance hacia el portero para intentar sortearlo o lanzar a portería. Basta, Van Basten. Hasta aquí podríamos llegar. En lugar de la varonil acción de soltar un punteirolo o intentar engañar con una paradiña, vaselina o estilo panenka, ahora hay que pintar la mona fingiendo un lance del juego. También sugiere abolir el fuera de juego. La única regla que cuesta un poco entender de un juego de tontos. Además de ser fundamental para el posicionamiento de los equipos en el campo, el espectáculo y la táctica. Porque el fútbol, con todo lo rudimentario que es (y debería seguir siendo) es amigo de la táctica y la planificación, que luego se vienen abajo por un simple rebote del balón o un gol en propia puerta. La épica futbolera.

Las reglas del fútbol deberían estar protegidas por la conveción de Ginebra y el tribunal de La Haya. Aunque lleguemos a ver una liga de robots, debería montarse con las viejas reglas del fútbol. No es romanticismo, sino supervivencia. Porque podemos fracasar como especie, sí, pero siempre nos quedará haber inventado el fútbol.

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