Opinión

El silencio y la madre que lo parió

VAMOS A analizar diversas concepciones del silencio sin hacer mucho ruido. Resultaría sospechoso lo contrario. El silencio es, ante todo, un arma de doble filo. Se presenta como un elemento pacificador, pero todos sabemos que se puede hacer daño echando mano del silencio. Hemos oído hablar de la gente catalogada como "agresivos pasivos", que ofenden o insultan quedándose callados. Estamos ante una forma de desprecio como otra cualquiera si no fuese porque por ese refrán que afirma que "no hay mayor forma de desprecio que no dar aprecio". Los agresivos pasivos reparten ostias como panes a base de quedarse callados cuando se les demanda una respuesta, se les pide veinte euros o se les pregunta a qué hora se les puede llamar. Otra cosa es explicar para qué le pide nadie veinte euros a un agresivo pasivo, asunto del que lo ignoramos todo.

Amada lectora, si un día se topa en un bar a un agresivo pasivo que se está tomando un café con leche, haga como si no lo hubiera visto y a otra cosa mariposa. Es decir, déle un poco de su propia medicina, puesto que la mejor defensa es un buen ataque, como dijo el que lo dijo. El agresivo pasivo es una raza muy falsa, pues siempre parece que sabe más que uno (lo cual posiblemente es cierto, pero no hay por qué chulearse para dentro de uno mismo porque tampoco tiene tanto mérito).

Hay personas que se desenvuelven en el silencio como peces en el agua: es un elemento que les resulta natural. Otras, por el contrario, se consumen en medio de él. De igual modo, hay gente que no calla ni debajo del agua y a otros hay que sacarles las palabras con sacacorchos. Son temperamentos. Por el medio de ambos tipos estamos la mayoría de los mortales, los inmortales ya van en otra onda. Llegar a conocerse a uno mismo de modo que podamos saber con total seguridad a qué tipo de persona pertenecemos es un gran avance en el conocimiento de uno mismo. Esta frase se muerde la cola, conceptualmente hablando, pero qué más da.

Normalmente, el silencio es la mejor opción cuando no se está seguro de qué conviene decir. Uno pasará antes por sabio guardando silencio que evidenciando su estulticia al abrir la boca. Al abrir la boca y articular palabras, se entiende. Si solo se abre la boca no quedará como sabio ni como necio, sino como parvo, amén de exponerse a la ingesta de diversos especímenes de insectos voladores con escaso o nulo sentido de la orientación (o simplemente intrépidos).

También conviene señalar, no sea que alguien tenga la brillante idea de querer pasar por sabio callándose a troche y moche, que es algo que acaba irritando al prójimo, que se distanciará de quien abuse de ese comportamiento. No abusemos del silencio ni lo empleemos como arma arrojadiza porque nos puede venir de rebote y darnos en los morros.

Es una auténtica muestra de madurez personal y de habilidad social saber administrar el silencio. En no pocas ocasiones nos callamos cuando deberíamos intervenir o hablamos cuando deberíamos permanecer en silencio. Muestra sabiduría quién discierne cuando es el momento de hacerse oir cuando es mejor que no le oigan. Aunque también está aquello de que "quien calla, otorga". Entramos así en un dilema: en no pocas oportunidades alguien buscará tendernos una trampa proponiendo que neguemos algo de modo que, si no lo hacemos, se entienda que estamos asintiendo. Por ejemplo: si alguien le preguntase a Mariano Rajoy si él es el M. Rajoy de los papeles de Bárcena, tendría que decir que no, que esa anotación se refiere a Miguel Rajoy (sc). Quedarse callado, equivaldría a una confesión.

Como acabamos de ver, existen determinadas circunstancias en las que es imposible distinguir el silencio de una afirmación. Por ejemplo, si le preguntamos a un amigo si se está viendo a nuestras espaldas con fulanita (donde fulanita es nuestra pareja) y se nos queda en silencio, malo. O si le preguntamos a nuestra hijita queridísima si fue ella la que le prendió fuego al quiosco del barrio y se queda en silencio, mirando hacia el suelo, malo.

El silencio es oro, dice un antiguo adagio. Vale, pero a veces es oro "del que cagó el moro" como dice otro adagio más arrabalero. Hay que distinguir bien, insistimos, cuando es lo uno o lo otro y obrar en consecuencia.

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