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Tallón

JUAN TALLÓN escribe artículos y novelas con el oficio de quien trasiega lecturas en grandes cantidades pero no presume de ello. La mayoría hacemos exactamente lo contrario. En sus columnas usa y abusa de la paradoja para rozar la perfección. Y la alcanza con una frecuencia envidiable. Su prosa es onanista, pero nos produce placer. Por ella hace desfilar a gente como Bolaño, Aira, Fresán, Onetti, etc, que aparecen entre sus líneas del modo más natural. Los convoca para que le ayuden a explicar lo inexplicable de las cosas de cada día, esas ínfimas partículas de realidad que constituyen la existencia, y ante las que Tallón desgrana su asombro con párrafos en los que mezcla admiración y perspicacia. Sea cual sea el tema, lo aborda con una mirada peculiar. Tanto si se trata de quienes (aún) llevan un peine en el bolsillo como de la relación entre el váter y la literatura. Estos y otros asuntos componen el volumen Mientras haya bares, que recoge piezas publicadas en JotDown, El País y El Progreso. Un objeto imprescindible.

A Tallón me lo presentaron unos impresentables con los que a veces ando por ahí (siendo "ahí" cualquier lugar donde sirvan cañas). Le comenté que su estilo me recordaba al de Jabois. Noté que torcía un poco el gesto; fue algo casi imperceptible, solo detectable por avezados conocedores de la naturaleza humana. Esas cosas que se dicen para que no queden dudas de que eres gilipollas. Para vengarse, se mostró afable y conversador. Le regalé un libro que recopilaba entradas de mi blog con el único fin de pasarme un par de semanas aguardando una llamada telefónica. En ella, sin ahorrar calificativos, rendiría pleitesía a las excelencias de mi prosa. Finalmente caí en la cuenta de que ni siquiera tenía mi número de teléfono. Suspiré, que es lo que se hace en estos casos. 

Tallón es un artesano de la frase sencilla. No las retuerce, no las adorna. Te conduce por ella dejando que te confíes y entonces, zas, le da un giro inesperado y su sentido te explota en la cara

Hay que leer a Tallón inconscientemente y sin prisas. Dejando que la aguja entre poco a poco en la vena. Tallón es un artesano de la frase sencilla. No las retuerce, no las adorna. Te conduce por ella dejando que te confíes y entonces, zas, le da un giro inesperado y su sentido te explota en la cara. Con la siguiente te vuelve a tender un lazo: entras en ella inocentemente y al poco estás en un callejón sin salida. Al menos sin la salida que esperabas.

Le dediqué una entrada en un magazine de internet, dispuesto a ejercer el apostolado que me había autoimpuesto como penitencia tras haberlo comparado con Jabois. Acababa de leer Libros peligrosos y Fin de poema y me embargaba el deseo de que la gente, viva la gente, fuese tan feliz como lo había sido yo. Bueno, tal vez embargar no sea el término exacto. En realidad, que la gente lo leyese o no me importaba una mierda. En fin, confieso que no se trataba de hacer ningún apostolado. Perdón... he malgastado un párrafo mintiéndoles. Lo siento mucho, no volverá a ocurrir (me pregunto si debo entrecomillar esta frase). Tengo un transtorno obsesivo por los escritores que admiro y a los que acoso a distancia y sin que se enteren. Recuerdo haber hecho cola en la Diputación para que Torrente Ballester me firmase un libro. Llevaba La saga-fuga de JB, por entonces mi favorito. Le dije algo sobre la novela y no me contestó. Ni me miró. Detrás de mi esperaba una morena maciza con la que estuvo más dicharachero.

Cuando Tallón fue requerido por un club de lectura de una conocida librería pontevedresa, me presenté en el local. El estuvo divertido y ocurrente y yo hice una observación impertinente de las mías. Se vengó saludándome efusivamente al terminar.

Ahora planeo ir a por otro crack. Estoy pensando en Manuel de Lorenzo, a quien pienso decirle que su estilo me recuerda al de Tallón.

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