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Tirarse en el sofá

UNA de las acciones más sinceras y revolucionarias que la clase media lleva a cabo con gran eficacia y una frecuencia alarmante consiste en tirarse en el sofá.

No hablamaos de sentarnos educadamente a leer un libro, destruir nuestro cerebro contemplando la televisión o simplemente conversar. No. Hablamos de llegar a casa, colgar el abrigo o el impermeable o lo que fuere que haya que colgar, zapatear los zapatos hacia un rincón de la salita y lanzarnos en plancha, pero quedando boca arriba, sobre nuestro mueble favorito. Si ponemos un cojín bajo la nuca, sonarán los Pink Floyd de la época Syd Barret en nuestros oídos.

No existe mayor corte de mangas a las expectativas creadas a nuestro alrededor que los Sex Pistols negándose a bendecir su ingreso en el Salón de la Fama del rock&roll (llamándole al museo “mancha de pis”)

No existe mayor corte de mangas a las expectativas creadas a nuestro alrededor que los Sex Pistols negándose a bendecir su ingreso en el Salón de la Fama del rock&roll (llamándole al museo “mancha de pis”) y un tipo o una tipa tirado en un sofá mientras el índice Down Jones sigue metiéndose, con uña y todo, en las narices del cuerpo social que se alimenta de nuestra minúscula existencia.

La complaciente contemplación del enlucido del techo desde el abismo del sofá constituye un desafío tal al status quo que los Rage Against the Machine debieron dedicarle un disco entero, en vez de las mierdas de tralla y distorsión que facturaban. Thomas Pynchon, Salinger, Bukowski... todos debieron haber escrito al menos un panegírico del sofá como objeto revolucionario. Pero no, estaban demasiado ocupados creando arte y quedando como mediocres. Lars von Trier, Kubrick, Jean Cocteau, serían vistos con otros ojos de haber retratado en algunos de sus filmes la poliédrica capacidad transguesora de un modesto sofá de Mercasofá o de Muebles Mendoza.

Y tiene que ser un articulista de provincias, modesto pero genial, humilde pero extraordinario, el que ponga las cosas en su sitio. O sea, los pies en un extremo y la cabeza en el otro, las manos tal vez cruzadas sobre la tripa, llamando a gritos a las musas para que vengan a tocarle una nana. Claro que normalmente quien acude es un cónyugue de guardia quien, mediante alarido, le recuerda a uno las obligaciones pendientes, los males a los que hay que poner remedio y las tareas domésticas, que no se hacen solas. El viejo argumento de que no se hacen solas: si nunca les dejamos que lo intenten.

Cuando Serrat cantaba eso de “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, un poema de Mario Benedetti que es un desmesurado elogio de las mujeres denudas y en lo oscuro, en realidad estaba pensando en un buen sofá y una tarde por delante. Y Benedetti igual. Lo que pasa es que, gastando ambos carnet de progre, no quedaba bien desparramar así por un símbolo de la burguesía como es el sofá. Estoy convencido de que multitud de grandes obras artísticas han sido dedicadas al sofá bajo la apariencia de otro motivo cualquiera: una hazaña bélica, un cuerpo desnudo (y en lo oscuro), una puesta de sol... No estaría de más conocer la verdadera historia que se esconde tras “El viejo y el mar”. Ese pez que monopoliza los desvelos del viejo marinero Santiago... bueno, bueno.

Un sofá es un mundo provisorio y descomunal, una bahía de ensueño en donde citarse con el sueño, pero también con la inspiración. Es un viaje al fondo de uno mismo sin salir de la superficie. Es una fantástica inmersión en la nada más profunda y pasajera, a la vez que la negación de cualquier formas de secuestro con la que la realidad o cualquiera de sus sucedáneos pretenda secuestrarnos.

No les tengo que contar que es lo primero que voy a hacer en cuanto le ponga punto final a esto.

Tirarse en el sofá
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