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Un país de porteras

LOS CHISMES son para alguna gente excrecencias orgánicas que uno poco puede hacer para evitar ya que forman parte de su herencia genética. No distinguen entre funciones vitales como la ingestión y expulsión del alimento, el sueño, la sudoración o reacciones como el llanto y la risa y la deposición de información poco contrastada proveniente de otras personas con el mismo problema. Se ponen a mordisquear un bocadillo de mortadela delante de la puerta de su casa y con la misma naturalidad que dan cuenta de él, intercalan noticias que han oído o imaginado para informar a los vecinos que pasan por allí y pegan la hebra con el señor o la señora que aparentemente sólo está merendando. Los comentarios sobre gente y sucesos del barrio suelen ser recibidos con natural interés y son reciclados en nueva información que se trasladará en una segunda o tercera y edición, corregida y aumentada, a más personas. Con frecuencia la última versión de un mismo acontecimiento guarda poco parecido con la primera, pero eso a nadie le preocupa lo más mínimo. No vamos a perdernos la diversión por andar al detalle.

Las leyendas urbanas narran sucesos extraños, extravagantes y/o ridículos. A veces son las tres cosas a la vez, como una que se contaba sobre Ricky Martin y una fan, un perro y un tarro de mermelada

Umbral, que decía muchas cosas y la mayoría muy bien, aseguraba que el nuestro era "un país de porteras". El cotilleo es una costumbre tan asimilada que su práctica no se percibe como un hábito negativo y meterse en la vida de los demás es algo tan corriente como juzgarlos sin tomarles declaración y sentenciarlos sin derecho a apelación. Claro que la pena, que suele consistir en arrastrar un sambenito, suele ver su dureza diluida entre la multitud de portadores de los diversos tipos de ellos.

A la larga, algunos chismes acaban convirtiéndose en leyendas urbanas. Estas circulan por las ciudades, las que lo hacen en entornos rurales se llaman cuentos o leyendas. No es imprescindible que se crean esta clasificación. Las leyendas urbanas narran sucesos extraños, extravagantes y/o ridículos. A veces son las tres cosas a la vez, como una que se contaba sobre Ricky Martin y una fan, un perro y un tarro de mermelada. Al parecer se trata de la actualización de una historia que circulaba años atras y que a su vez tenía sus raíces en un relato de 1953. Otra historia con gran difusión fue la de una autoestopista fantasma que, tras subir al coche de un amable conductor, desaparecía en la curva donde había perdido la vida. Ni que decir tiene que hay por toda España cientos de curvas de este tipo. Aquí estamos ante la colisión entre el chisme y el bulo. El bulo (o bola) es una información falsa que se hace correr deliberadamente haciéndola pasar por verdadera, generalmente para burlase de cuantas más personas mejor. El bulo (o bola) precisa del concurso de chismosos para su divulgación. Si tras él existe un ánimo de lucro, estamos ante un fraude. En un mundo donde la tecnología nos permite comunicarnos masivamente y a gran velocidad, los bulos circulan como Perico por su casa y su casa suele ser Internet. Luego están los bulos/fraudes que nos informan de las bondades de tal o cual producto alimenticio para, tras unos años, asegurarnos exactamente lo contrario. Todos sospechamos que entes sin corazón como El Gobierno, Los Medios, Las Autoridades... están detrás, haciendo de mediadores entre nosotros y los productores de esos bienes (que son quienes untan a los entes sin corazón para embobarnos). Pero nosotros somos la correa de transmisión.

La explicación más sencilla de todo esto, según Ockham la más acertada, es que nos aburrimos mucho. O sea, que hablamos mucho porque nos entretiene. No hagan mucho caso, tampoco, a este razonamiento. Lo he oído por ahí adelante.

Un país de porteras
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