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Vacaciones de uno mismo

DE VEZ en cuando conviene tomarse vacaciones de uno mismo. Unos días de asueto de ser quien uno es, puesto que acaba resultando agotador. No hablamos de los carnavales o de una sesión de paint-ball o de ponerse traje de buzo y visitar el fondo marino. Se trata de desactivar el mecanismo que pone en marcha la proyección de cierta imagen que queremos transmitir a los demás. Algo que hacemos de modo inconsciente, empujados por el deseo de agradar y que engloba todas esas cosas que no haríamos si no tuviésemos interlocutores que luego nos van a dar al “like” cuando subamos algo a Facebook o que mantendrán, con sus comentarios, nuestro nombre dentro de un determinado estatus social caracterizado por opiniones positivas.

Lo que hacemos es entregarle las riendas de nuestra vida a nuestro superyó, ese tirano que según Freud ejerce la censura de nuestros impulsos y comportamientos

Hace poco me he sumergido en Netflix. Bueno, creo que era Netflix (aunque tenía pinta de Matrix). Allí descubrí Black mirror, una serie británica de episodios independientes que analiza cómo la tecnología modifica nuestra vida cotidiana pero también nuestra forma de pensar y de sentir. Una serie para gente intensa, o al menos para gente intensa a ratos (lo que dura el episodio). En alguna parte han tildado como tecno-paranoia el denominador común de sus capítulos, que son independientes. A servidor le interesa mucho menos la tecnología que la paranoia o, en todo caso, la vertiente paranoica de la tecnología, por lo que me puse a trasegar episodios compulsivamente. En el primero de la tercera temporada, titulado Caída en picado salimos todos nosotros: en un futuro no lejano, cada individuo es susceptible de ser valorado por los demás a través del móvil y mediante una red que mantiene a todo el mundo interconectado. La protagonista se obsesiona con subir de puntuación media pues así se obtienen ventajas de todo tipo: laborales, comerciales, además de mejorar su status social, etc. El argumento es una crítica abierta y feroz al postureo con que nos movemos ya en las redes sociales. Toda la hipocresía, el servilismo y los comportamientos rastreros que desplegamos para ser aceptados y lograr hacernos un hueco visible entre los demás ya que, al parecer, ahí reside la felicidad.

Como en esta historia, lo que hacemos es entregarle las riendas de nuestra vida a nuestro superyó, ese tirano que según Freud ejerce la censura de nuestros impulsos y comportamientos. Claro que en el sicoanálisis este elemento no aparece desde el principio de nuestra existencia, sino que aparece "a consecuencia de la internalización de la figura del padre como un resultado de la resolución del complejo de Edipo". Ahí ya no. Vale que tengamos un superyó, que es algo con bastante lógica, pero solamente si se puede formar él solito, en interacción con el medio o adquiriéndolo con los vales del Diario; pero que tenga que estar el Edipo ese siempre por el medio, no. A todos los efectos, anuncio que mi superyó se formó, en todo caso, cambiando cromos de dinosaurios y futbolistas en la zona vieja de Pontevedra, día a día, golpe a golpe, verso a verso.

A lo que íbamos: que hay que tomarse unas vacaciones del superyó, leñe. No hay por que esperar a tener ochenta años y soltar ya por la boca lo que a uno le apetece. Bueno, que tampoco es eso, no se trata de acabar en el dispensario de Cruz Roja, por cortesía de algún convecino airado, sólo por sacar a pasear las neuras. La idea es no estar tan pendiente de la aprobación de los demás. No importa quedar para Septiembre con nuestros semejantes o que nos pesquen con los deberes sin hacer e incluso copiando. Si al final somos todos igual de desastres. Vivamos, como galegos o como lo que podamos, tomándonos un poco a coña.

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