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Yo soy más tímido que usted

LA TIMIDEZ es la principal excusa de los maleducados. A veces me flagelo con esta frase de mi propio cuño, una pervesión frecuente en mentes depravadas. Todos hemos sido tímidos en algún momento de nuestras vidas, incluso aquellos más extrovertidos, los que acaban cantando rancheras en los bares agarrados a propios y extraños tras solo haber ingerido zumos y café. Demasiado café, eso sí. Incluso esos han tenido que cruzar la adolescencia y pasado el trance de envolverse dentro de sí mismos, como una serpiente que para mudar la piel hiciese un ejercicio de introversión.

Vamos por la vida suplantando la personalidad de otro, alguien que hemos construido con los trozos de aquellos a los que hemos visto más dotados para el roce social, una especie de franquestein que ha elaborado la envidia

Otro tipo de personas, permanentemente exigidas por un alien interior que les tiene la mesa puesta cotidianamente con viandas más suculentas que las que ofrecen en el mundo de afuera, hemos aprendido a suplantar destrezas sociales que cuando brotan de forma natural resultan más gratificantes y se despliegan con poco o ningún esfuerzo (estos últimos cálculos son mera elucubración). Conseguimos disfrazarnos de conguitos en una reunión de bombones, de gominolas en una convección de regalices o de sugus en la fiesta de los lacasitos, pero la gente convalida esos intentos y los hace pasar por formas rudimentarias para integrarse, que es lo que son. Vamos por la vida suplantando la personalidad de otro, alguien que hemos construido con los trozos de aquellos a los que hemos visto más dotados para el roce social, una especie de franquestein que ha elaborado la envidia. En robóticas intentonas, desplegamos una serie de comportamientos miméticos para disimular esa carencias que nos amargan la vida, la de afuera, que adentro siempre tenemos calor y un plato de comida. Una de los primeros y más dolorosos aprendizajes lo constituyen los saludos. Servidor ya ha escrito sobre el tema, lo que no hace más que confirmar la existencia de obsesiones propias de las mentes depravadas. Los tímidos, sector introversión, abordan el asunto de los saludos (paso a tercera del plural ya por verguenza propia, no ajena) con mucha más resignación de la que parece. "Sólo saludaré a quien me salude" es el santo y seña inicial, con lo que una legión de tímidos deja de saludarse entre ellos. Después se pasa a las muecas, los visajes con uno o ambos ojos, los gestos de reconocimiento con las manos y finalmente se llegan a musitar una o varias palabras, que apenas se vocalizan y mucho menos se entienden. En el mejor de los casos se llega a articular finalmente un enunciado completo que un jurado no muy exigente podría aceptar como salutación. En casos de duda, el tímido sector introversión se repliega a su zona de confort y deja pasar a la otra persona (que ni siquiera lo ha mirado) haciendo mutis pero sintiéndose culpable hasta llegar la medianoche. Después ya depende de si consigue conciliar el sueño o no.

Momentos de especial desconcierto los constituyen aquellos en los que, en medio de cualquier sarao de cualquiera de los muchos tipos que abundan en nuestras tierras, la gente empieza a desprenderse de sí misma y a darse a los demás. O sea, a prodigar abrazos y arrumacos, palmadas en la espalda, besos, golpes en la espalda, achuchones, agresiones por la espalda, codazos, palmetazos de importación en las palmas de otras manos... en estos caso el tímido sector introversión quiere: 1- que se lo trague la tierra 2-huir a toda pastilla 3-una absurda combinación de ambas cosas. Lo más probable es que acabe hecho un guiñapo abrazando a quien quiere darle un beso, golpendo en la espalda a quien le tiende la mano y lanzándose a la bebida, una vez más.

Tal vez todo esto ha sido expuesto de forma demasiado abrupta o confesional, pero es lo que tienen las mentes depravadas.

Yo soy más tímido que usted
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