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Zona de confort

UN TIPO que casi pongamos que era yo estaba el otro día repachingado en el sofá. Leía un artículo sobre memeces respecto a "cómo salir de la zona de confort". Aparte del estomagante galicismo, que a su vez proviene de un anglicismo (comfort), la expresión siempre me ha incomodado. De hecho, empecé a revolverme, incómodo, en el sofá. Y comencé a pensar yo solito en situaciones que nos sacan de la zona de confort. Están de moda: fíjese en las formaciones políticas clásicas y la que se ha liado para gobernar.

Un ejemplo: cuando estás paseando por la calle y notas que los calcetines que llevas puestos se empiezan a bajar sin permiso. Se escurren sin consideración alguna. De tal forma que te paras y te los subes tirando de las perneras del pantalón. Y al poco se bajan otra vez. Intentas seguir caminando como si tal cosa, ignorándolos, pero existe un área del cerebro especializada en enviar constantes señales al sistema nervioso cuando la epidermis nota el escurrimiento de los calcetines, Y es una zona particularmente terca. Comienzas a subirte los calcetines a cada rato. Como un poseso. De hecho, te detienes en un banco a descansar, no del paseo sino de agacharte una y otra vez a poner las cosas en su sitio. Al final te vas a casa echando humo para cambiarte de calcetines mientras tu ingobernable cerebro te proporciona imágenes del letrerito que ponía: “calcetines sin costuras” cuando los compraste. Vale, no tenían costuras, pero podrían advertir que no paraban quietos. Podrían avisar de su potencial para volver loca a una persona. Todo porque eres una de esos que no quieren ver como las costuras aprietan tus gemelos hasta producir episodios de gangrena en ambas piernas.

Otro de las prendas de ropa más ofensivamente incómodas del universo conocido pueden llegar a ser los calzoncillos o gayumbos. Concretamente aquellos cuya tejido se vuelve tan flácido que ya no sujeta correctamente. De modo que la naturaleza bamboleante de los testículos impone su ley, y uno de ellos se desplaza lateralmente hasta salir del ámbito protegido. Si además se viste un pantalón no demasiado flojo, pronto una protuberancia en el mismo anunciará el drama que se está desarrollando en el interior. Ahora imagínense una combinación de calcetines flojos y gayumbos flácidos... si hay una farmacia cerca la cosa se puede arreglar con ansiolíticos, sino hay que ingresar en urgencias.

El tercer asunto que provoca incomodidad es encontrarte en tu edificio, o por la calle, o en el fútbol, o en el super con alguien a quien no te quieres encontrar. La paranoia se dispara. Piensa que lo último que puede pasar es que te veas. Te pegas a la pared, si no la hay, te inventas una pared. Haces que orinas en un parterre, te agachas a atarte un zapato (o a subirte los calcetines). Sin darte cuenta, estás nervioso como una mona. Una mona nerviosa, se entiende. Miras de reojo, o más bien descubres que tu ojo tiene un rabillo y miras por el rabillo del ojo. Notas que hay un tercero observándote. Si no te conoce, se va enseguida. Si os conocéis, te vas hacia él y le hablas de cualquier cosa, dejas que se desvanezca el otro o la otra, el que quieres evitar. El conocido al que abordas, aún agitado, adquiere la completa seguridad de que estás como una cabra y te sigue la corriente, sea lo que sea que le digas. Vuelves a mirar por el rabillo del ojo. Cuando el episodio termina y el sujeto no deseado ha desparecido, le das un abrazo a tu interlocutor y te vas. El tipo saluda y queda con la boca abierta. Se esconderá él de ti la próxima vez. La zona de confort es un sitio al que, si sales, es difícil volver a entrar.

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