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Araceli

SENTÍ NO asistir el pasado lunes a la presentación en Madrid de “El estornudo de la mariposa”, de José de Cora. Él me descubrió hace años a Araceli González, esposa del espía español más célebre de todos los tiempos. La salida del libro coincide con la desclasificación de una serie de documentos oficiales que señalan que Araceli, lucense de nacimiento, estuvo a punto de mandar a hacer puñetas una operación de espionaje destinada a confundir a los nazis sobre los detalles de la llegada a Europa de las tropas americanas. Según se desprende del material, si nuestra paisana anduvo cerca de cambiar el curso de la historia no fue porque la hubiese comprado el enemigo, sino por algo más sencillo: estaba harta. Contado así, hasta escandaliza: echar a perder el desembarco de Normandía por una cuestión de aburrimiento parece una broma, pero Araceli estaba encerrada en una casa en el húmedo y frío Londres de los años 40, con un marido ausente, incomunicada y sola, con poca comida y mucho aislamiento, dos niños pequeños a los que me figuro como leones enjaulados y la incertidumbre de no saber qué iba a ser de ella y de los suyos. Me la imagino en una vivienda incómoda, comiendo patatas, sin relacionarse con nadie, mientras su esposo entraba y salía sin dar explicaciones, y entiendo que un buen día dijese aquello de “hasta aquí hemos llegado”. Me temo que a partir de ahora los cronistas de la historia van a retratar a Araceli como una frívola. No creo que lo fuera, y de hecho hay quien dice que su concurso fue decisivo en el éxito de las tareas de contraespionaje de Juan Pujol, alias Garbo, alias Arabella. De momento, las últimas revelaciones no harán sino crecer el interés por nuestra paisana, esa mujer misteriosa a la que ahora quieren retratar como una vulgar ama de casa egoísta. Espero que, como ya hizo en un documental, José de Cora rescate de la mala baba la figura de Araceli González. Que no se diga que los de Lugo no nos ayudamos entre nosotros.

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