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De animales

LO HE escrito tantas veces que he perdido la cuenta: no me gustan los perros. De hecho, no me gustan los animales. Ninguno de ellos. Por supuesto que encuentro adorables a los cachorros de labrador, a los gatitos recién nacidos, incluso a los conejillos de indias y los cerdos vietnamitas, pero durante cinco minutos. De pequeña era distinto: recuerdo la de veces que supliqué a mis padres que me permitiesen tener un perro. Todo lo que conseguí fue que me comprasen dos galápagos (logré amaestrar a uno, que era capaz de recorrer una especie de carrera de obstáculos) y conservar durante muchos días tres cangrejos de rio. Me decía que cuando fuese mayor e independiente tendría no uno, sino media docena de chuchos de todas las razas y tamaños. Aquello se me pasó. No me imagino conviviendo con una mascota, aunque mi marido ha hecho algún intento de introducir en nuestras vidas la simpática figura de un cachorro. Me he negado: bastante tengo yo con otros bichos. Por eso no entiendo la noticia que habla de los cientos de animales de compañía que serán abandonados estas vacaciones. Estaba convencida de que el que mete en su casa a un ser vivo es porque siente por él un interés real, un afecto duradero, así que no sé qué se le pasa por la cabeza al individuo o la individua que deja tirado al perro (o al gato, o a la iguana) cuando le estorba para los festivos. Si de mí dependiese, sería perseguido hasta el fin de los tiempos todo aquel que se deshace de un animalito porque no lo admiten en el hotel de Benidorm en el que ha hecho una reserva. ¿Actuarían igual con otro miembro de la familia? ¿Con la abuelita, con el abuelito? No me respondan: creo que quien maltrata a un animal  no hace lo mismo con una persona simplemente porque no se atreve. Abandonar a un perro, a un gato, a un pez de colores, es de una irresponsabilidad imperdonable. Tener mascotas no es obligatorio, pero sí debería serlo asumir hasta el final el compromiso que se adquiere con ellas. 

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