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El tren y el Ave

LA AMARGA aventura que vivieron el primero de enero los extremeños que tomaron un tren con destino a Madrid viene a refrescar el debate sobre el ferrocarril, y aquí los gallegos (y en especial los lucenses) tenemos también algo que decir. A veces tengo la impresión de que, con la zanahoria del Ave, se ha ido distrayendo la atención sobre todas las sombras que rodean nuestra red ferroviaria. Lugo es el mejor ejemplo del aislamiento al que quedan condenadas algunas ciudades en lo que a comunicaciones por tren se refiere. El viaje a Madrid (500 km) se cubre en siete horas y media, ahí es nada. A Barcelona se llega en 12 horitas con paradas por toda la geografía nacional. Más disparatado es todavía el trayecto de Lugo a Coruña: cien kilómetros recorridos en dos horas. Otro tanto lleva ir a Santiago. A Pontevedra, simplemente, no se puede ir en tren. Si tiene usted amigos en la ciudad del Lérez, ya sabe: carretera y manta. Pero de eso no habla nadie, tan ilusionados estamos con el Ave prometido. Quizá ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos, obviar el debate de la alta velocidad (he dicho obviarlo, no aparcarlo, que ya nos conocemos) y reclamar para Galicia unas comunicaciones interiores que estén a la altura del siglo XXI: no creo que a finales del XIX se tardase en ir en tren de Lugo a A Coruña mucho más de lo que se tarda ahora. El ferrocarril debería ser la gran apuesta de las comunicaciones del futuro por su seguridad, por su sostenibilidad, por su nulo efecto contaminante. Aquí seguimos teniendo unos trenes interiores anclados en la edad de piedra pero, eso sí, nos hemos dedicado a construir autovías a todo plan, a ampliar aeropuertos… y, por supuesto, a ver en el Ave la cura de todos los males. Yo ya no aspiro a llegar a Madrid en dos horas y cuarto: me conformaría con hacer el camino en cuatro horitas, y poder ir en tren a A Coruña a más velocidad que mi abuela cuando, hace quince lustros, iba allí a tomar los baños.

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