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Hablemos de la RAE

LLEVAMOS DÍAS hablando de la RAE a cuenta de una patada al diccionario (y a la gramática y al sentido común) que se hizo viral. La culpa de todo, dicen, la tiene la Real Academia, que no es moderna ni feminista ni nada. Los que así hablan saben muy poco de lo que hay detrás de la institución. Seguro que ignoran que la Academia tiene más de trescientos años de historia. Que los académicos, uno por cada letra mayúscula y minúscula del alfabeto, no tienen sueldo y sólo perciben unas modestas dietas por asistir a las sesiones de trabajo. Tampoco saben que además de los académicos (y académicas, no se me alteren) allí trabaja una pléyade de lexicógrafos que vigilan con la precisión de un entomólogo los vaivenes del idioma para enriquecer esa joya que es nuestro diccionario. Que por cierto, se puede ver on line totalmente gratis y recibe millones de consultas de todas partes del mundo. La cuenta de twitter, @RAEinforma, tiene más de un millón de seguidores y resuelve a diario cientos de dudas de los internautas. En los últimos tiempos algunos quieren hacer pasar a la RAE por el aro de la corrección política, demostrando que no tienen ni repajolera idea de cómo funciona la academia, que no juzga, ni arbitra, ni decide: se limita a recoger los usos del idioma. Me pregunto si los que se pasan la vida intentando meter el dedo en un ojo de la RAE saben que, en su momento, la muy noble institución hizo un soberano corte de mangas al franquismo: cuando el dictador pidió que se privara de sus puestos en la Academia a varios miembros de simpatías izquierdistas, se le contestó que de ninguna manera iba a represaliarse a nadie. Item mas: a Salvador de Madariaga, que estaba en el exilio, se le guardó su plaza hasta que pudo volver a España, desafiando así las iras del caudillo y su corte. Apúntense esto aquellos y aquellas que llevan días practicando el tiro al pichón con una entidad que limpia, fija y da esplendor. Y no sólo al idioma, sino a nuestra historia. 
 

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