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Las luces y O Marisquiño

EL JUEVES por la mañana iba muy contento el alcalde de Vigo. Tan contento que hasta se le aflautaba la voz de la risa floja. Pensé yo que iba a acabar la intervención ante los medios cantando ‘Asturias, patria querida’, pero no. Terminó amenazando entre carcajadas a los alcaldes de Nueva York, París y Tokio con dejar la iluminación navideña de sus capitales a la altura del betún. El broche final fue la promesa de preguntar al ministro Duque cómo se ve Vigo desde la luna, con tanto  led y tanta bombilla (espero que llegado el momento el exastronauta lo mande a esparragar). Gracias al delirante ‘canutazo’ de Abel Caballero, toda España se ha enterado de que en Vigo hay más luces de Navidad que arena en la playa de Samil. Y eso es bueno, ojo. Lo que no sé es qué piensan los cientos de heridos de O Marisquiño que se pasaron el verano entre escayolas al ver despiporrarse al alcalde mientras farda de bolas gigantes (bolas decorativas, no piensen mal), árboles de 4 metros y luces a gogó. Abel Caballero es un tipo muy afortunado: este verano, en Vigo, pudo haber muertos. Muchos. Una pasarela desplomada bajo los pies de una multitud podría saldarse con cadáveres. La cosa se liquidó con decenas de contusionados, piernas notas, alguna conmoción cerebral y un alcalde diciendo que no sabía qué había pasado, pero que desde luego no era culpa suya. Y todo el mundo tragó, que a veces parece que los alcaldes de izquierda tienen patente de corso: si a Corina Porro se le rompe una pasarela y se descalabran trescientos vigueses, se tiene que exiliar en la isla de San Simón. En cambio, ahí tienen a Caballero hablando de luminotecnia y de guirnaldas y partiéndose la caja delante de los periodistas. ¿Y saben lo malo? Que es muy posible que la juerga, las risas, los árboles luminosos, el reto a la alcaldesa de París y el rollo populachero lleguen a hacer olvidar que lo ocurrido este verano pudo acabar en tragedia. Y es que algunos tienen suerte. Y muy poca vergüenza.

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