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Los hijos de mis amigos

CUANDO, COMO yo, no tienes hijos, te buscas descendencia postiza en la progenie de otros. Los hijos de los hermanos son casi como propios, sangre de tu sangre, apellido compartido. No es lo mismo, claro, pero se le parece un poco, y yo tengo dos y medio: Marta, Nachete y Hugo, que está en camino. Y luego están los hijos de los amigos. He vivido la maternidad de cartón piedra a través de los embarazos de mis amigas y la llegada de su prole, unos a un hospital(a veces vistos por primera vez a través del cristal de una incubadora), otros a un aeropuerto: recuerdo a Praatik, que venía desde Nepal, aferrado a su mami como un koala y alucinando con las locas que llevaban globos de colores y lo besaban entre lágrimas recordando el calvario de aquella historia de adopción en solitario con final feliz. He visto crecer a los hijos de mis amigos, les he llevado regalos en sus cumpleaños, les he visitado cuando estaban malitos, me he reído con sus ocurrencias y les he secado las lágrimas. Les he felicitado por las buenas notas y he amansado el rebote de los padres cuando llegaba algún suspenso (“¿sabe el niño que a su edad hubo un año que te quedaron siete para septiembre? Pues frena, que se lo digo”). Algunos de los hijos de mis amigos se encaminan a la edad adulta recordándome que yo también cumplo muchos años y que, aunque es mejor no pensarlo, no hace tanto tiempo era como ellos. Me hace feliz que mis amigos, que son maravillosos, se multipliquen y dejen sus genes repartidos por toda la faz de la tierra. Hace dos días la larga familia de la gente que quiero creció un poco más con la llegada de Hernán, el bebé de mi amigo Guillermo Díaz. Su padre acaba de mandarme su primera foto, con los ojos cerrados y la boca abierta, respirando con avidez el aire de la vida. Y siento que ya empiezo a querer a ese niño, de cuyas aventuras espero ser puntualmente informada por sus padres orgullosos. Bienvenido a este mundo, Hernán. Ya verás como merece la pena.

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