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Sánchez o el vendedor de enciclopedias

SEGURO QUE se acuerdan de una técnica de venta muy en boga en los años 70, 80, incluso noventa: te avisaban por carta de que habías ganado «un
valioso regalo» en un sorteo (a veces se perfeccionaba la cosa y el regalo
lo había ganado tu hijo en un concurso de dibujo, o de poesía, o de cerámica. Ahí te pasabas un rato intentando entender como la birria de dibujo, o de poema, o de taza del niño había podido ganar nada). El caso es que te citaban un día y a una hora en algún sitio concreto para recoger el regalo de marras. Al llegar te encontrabas a quinientas personas con cara de despiste junto a las que esperabas turno. Al final te atendía un señor con corbata que tenía a su lado una cajita muy bien envuelta (¡el regalo, el regalo!) y antes de dártela se pasaba media hora intentando venderte algo, por lo general un aspirador o una enciclopedia que a la hora de la verdad sólo compraban tres incautos. Los demás salían de allí con el obsequio (algo
inútil, normalmente un marco de fotos, un libro de pájaros del año de la tos o un sacapuntas de mesa imposible de instalar) y la sensación de haber perdido la mañana. Pues de eso me acordaba yo en la mañana del viernes cuando Pedro Sánchez salió a convocar elecciones y se pasó veinticinco minutos glosando las virtudes de su efímero reinado: si uno quisiese creerse las milongas que contó, empezaría a pensar qué demonios hace este hombre convocando elecciones, si lo que debería es gobernar durante los próximos cuarenta años. Y allí estábamos todos, que ya sabíamos en qué consistía el regalo (los medios de comunicación habían dado la fecha de la convocatoria a las diez en punto de la mañana), escuchando al vendedor de humo enumerando las ventajas de la olla exprés. Hasta del cambio climático habló el tío. Media hora de mitin para entregarnos un regalo que además ya sabíamos lo que era. Me pregunto si hubo alguien que le compró la enciclopedia. Lo sabremos el 28. Hasta entonces, cosas veredes.

Sánchez o el vendedor de enciclopedias
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