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Te extraño, Nacho

EL JUEVES asistí al homenaje a un amigo muerto. Creo que reunirse para hablar bien de alguien que se ha ido es una de las grandes ironías de la vida: cada vez que escucho a alguien cantar las alabanzas de un fallecido me pregunto cuántas de las cosas buenas que de él se están diciendo las llegó a escuchar en vida. Por suerte, Ignacio Padilla se murió a los cincuenta años sabiendo todo lo bonito que pensábamos de él. El absurdo accidente de coche que se lo llevó hace algo más de dos años nos privó de un buen amigo, una maravillosa persona y un escritor irrepetible, además de un intelectual capaz de citar de memoria capítulos enteros de El Quijote, porque, como recordaba el otro día su amiga Ana Pellicer, hacía el trayecto entre Puebla y Ciudad de México escuchando en la radio del coche cintas grabadas con las aventuras cervantinas. Ese era Ignacio Padilla, Nacho Padi. El novelista fértil, el cuentista capaz de triunfar con sus relatos en el territorio indómito de los Estados Unidos, el pensador brillante, el conversador insuperable, el bromista que contaba las mayores barbaridades con una sonrisa tan plácida que quien le escuchaba podía dar por ciertas historias increíbles sin atreverse a ponerlas en duda. Padilla dominaba tan bien el arte de la narrativa oral que una tarde me dijo que echaba de menos ir al cine con su esposa: tenían una niña muy pequeña y se habían acabado las películas en pareja. Evocó ante mí el ritual perdido, el olor de las palomitas, el susurro en la oscuridad para comentar un detalle de la cinta, la intimidad a dúo en la sala llena de gente,  y lo hizo tan bien que, emocionada por la evocación enternecedora, le dije “Vale, llama a Lily antes de que me arrepienta y marchaos al cine, que yo me quedo con Constanza”. Querido Nacho, dondequiera que estés, quiero que sepas que te recuerdo y te extraño. Y que siempre deseé haber tenido tu capacidad sobrenatural para jugar con maestría con todas las palabras del mundo.  
 

Te extraño, Nacho
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