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Un día libre


EL RESTAURANTE Casa Mingo abrió sus puertas en 1888 en el castizo paseo de san Antonio de la Florida. Desde hace 140 años, en Casa Mingo se sirve sidra y pollos asados, aunque también se puede tomar chorizo a la sidra, tortilla de patatas y una ensaladilla gloriosa, todo a precios muy prudentes y protegido por las paredes que cobijaron a varias generaciones de madrileños. No se puede reservar: hay que ponerse en la cola, pero la espera se anima con el espectáculo del servicio: los camareros vuelan entre la parroquia, los pollos asados salen del horno y son trinchados a velocidad espectacular, se cantan las comandas y se levantan las mesas en un visto y no visto. Marcial y yo comemos allí el día del Pilar, y después del atracón entramos en la vecina ermita de san Antonio, iluminada con los frescos prodigiosos de Goya. La entrada es gratuita. Las pinturas, sublimes. En el centro del pequeño recinto está la tumba del maestro, cuyo cuerpo volvió de Burdeos para descansar en el Madrid que le veneraba. Hay un silencio balsámico que invita al recogimiento y también a la emoción: las pinturas están tan bien cuidadas que parece que su autor las rematara ayer. Hay espejos oblicuos para ver los frescos sin destrozarse las cervicales, y como está prohibido hacer fotos la gente se dedica a lo que antes se hacía ante la belleza: ver y sentir. Salimos de la ermita. Enfrente,  bajo la estatua de Goya, se ha situado un hombre mayor que, armado de caballete, lienzo y aparejos de pintura, trabaja queriendo invocar la protección del maestro de Fuendetodos. Un grupo de japoneses observa al pintor con una curiosidad reverencial, mientras él sigue su trabajo ajeno a ellos. Caminamos hasta los jardines del Campo del Moro, dorados y enrojecidos por el otoño. Dentro, a pesar el tráfico desmadrado de la ciudad, no se oye ni un ruido, y paseamos hacia la plaza de Oriente protegidos por la sombra venturosa de árboles inmensos. Para que luego digan que Madrid es caro.

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