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Vidas robadas

UN PERIODISTA que había seguido varios casos de bebés robados me explicó el apestoso argumento con el que se justificaba alguien que había participado en una de las tramas: dado que siempre entregaban a padres ricos a los hijos de familias pobres, en el fondo estaban haciendo un favor a las criaturas. Como si el amor pudiese medirse en billetes. Como si los menos favorecidos no fuesen capaces de criar hijos dichosos, o las familias acomodadas garantizasen la felicidad de un niño. Los ladrones de vidas no dedicaban un segundo a pensar en el desgarro causado a aquellos que creían muerto a su bebé: supongo que en su cinismo daban por hecho que a una familia modesta le causa menos dolor la pérdida de un recién nacido. Lo recordaba estos días, leyendo la noticia de los dos hermanos lucenses que se reencontraron setenta años después de que unos miserables separasen sus destinos: nada más nacer, a Manuela la entregaron a otra familia diciendo a la suya que había nacido muerta. Francisco quedó huérfano de hermana. Crecieron separados por 25 kilómetros. Quizá algún día se cruzaron en la calle, en una estación de autobuses, en una verbena. Él dice que siempre supo que aquella niña estaba viva. Ahora intentarán construir un cariño que no tuvo tiempo de crecer cuando tocaba, un afecto apresurado que tendrá que sobreponerse a la extrañeza, a la incógnita. Tienen la misma sangre, pero no recuerdos comunes. Son hijos del mismo padre y la misma madre, pero durmieron bajo techos distintos, les cantaron canciones diferentes, y no pudieron compartir Navidades, veranos de infancia, paseos en bicicleta, peleas y berrinches, discusiones adolescentes, secretos de juventud o problemas de adultos. Manuela y Francisco son dos ancianos a los que les robaron setenta años que nadie va a devolverles. A pesar de todo, dicen que quieren recuperar el tiempo perdido. Y es que el mundo avanza porque hay gente empeñada en poner final feliz incluso a las historias tenebrosas.

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