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En Marte con Sting

Llueve, es Viernes Santo, en mi teléfono suena la voz de Nina Simone susurrada y salvaje como un viento o como un llanto, ella habla de lo primero, pero da la sensación de lo segundo. A mi alrededor huele un poco a sal y un mucho a potaje de garbanzos con exceso de carne de pimiento choricero, soy así, hiperbólica hasta a la hora de los aliños.

Desde mi silla veo la pared de la terraza, que necesita pintura y los cristales de la baranda llenos de chorretones, huellas de esa lluvia de barro que cayó ayer. África vino un momento, nos dejó su calima y su calor y sus tormentas y se fue corriendo. Hoy todo es Atlántico y gris, el mar y el cielo convertidos en un bloque de hormigón. Elevadas sobre ese fondo, las flores que están en mi mesa parecen un grafitti del artista portugués Sergio Odeith que es capaz de levantar volúmenes que sólo existen en nuestra mirada en los lugares más insospechados. Cuando vuelva a Lisboa buscaré sus insectos de colores en los muros de los edificios abandonados, si es que siguen allí y no los han levantado uno a uno para subastarlos, como a los de Banksy.

Mis flores son calas o cartuchos o manolos, que así le llaman en O Grove, o al menos eso me ha dicho Montse, que vino a verme a este pueblo de marineros y veraneantes, de gatos y campanario, de azulejos y de viento.

Nos tomamos un vermú en un bar y un pastel de marisco en otro y el café en el siguiente y cuando ya no había más chiringuitos caminamos por las calles de la aldea, yo haciendo de Cicerone como si en lugar de en C. estuviésemos en Florencia y al mostrarle la capilla pudiera decirle: aquí se enamoró Dante de Beatriz. Y no, no sé nada de lo que sucedió allí, pero sé que ella está algo triste porque estos días se ha muerto un amigo. Para mí sólo era conocido, alguien con quien algún día me tomé una copa, me eché unas risas, me crucé el teléfono, alguien de quién no sabía nada y sin embargo, estaba ahí y ahora ya no está y no sé qué hacer con ese hecho, se me desparrama entre las manos mientras lo estrujo como a una pastilla de jabón. Le pregunto a Montse por sus amigos, por sus hijas, por su madre. Me intereso por el dolor. Al final, sólo unos pocos de los que nos rodean tienen derecho a sentirlo cuando mueres. Juntas nos preguntamos por qué. No podemos hacer mucho más. Quizás el colesterol, quizás el descuido del cuerpo, quizás el destino.

Montse se va. Le doy los manolos que he recogido por el camino. Nos abrazamos. Al darme la vuelta busco en mi WhatsApp el nombre de J.A. Lo último que me dijo, hace muchos meses, fue que una vez estuvo en Marte de copas con Bowie. O era Sting? Yo me reí.

Hoy pienso que tal vez haya vuelto allí.

En Marte con Sting
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